Pisando tierras venezolanas, una vez, se acercó un joven para pedirle a un sacerdote salesiano con quien paseaba, algo que quizá suene un poco extraño y es “ción, padre”. La cita no contiene error de transcripción. Me quedé pensativo en relación a lo que escuchaba y otra vez volví a oír lo mismo, “ción, padre”. Ante mi cara de extrañeza, el buen salesiano me dijo con una sonrisa, “al decir, ción, me están pidiendo mi bendición”. Después de dársela, aquel joven corría de regreso, feliz, para seguir compartiendo con sus amigos. Había recibido algo bueno, una bendición.

A todos nos gusta que nos bendigan. Primero fueron nuestros papás al nacer quienes nos darían la primera bendición. Más tarde fue un sacerdote en nuestro bautismo. Al final de nuestra vida, todos queremos escuchar de labios de Jesús, aquella frase que aparece en el evangelio según San Mateo en el capítulo 25, versículo 34: “vengan, benditos de mi Padre, reciban la herencia del Reino preparado para ustedes desde la creación del mundo”.

Si es verdad que nos gusta que nos bendigan, de lo que no estoy tan seguro es si en realidad sabemos qué recibimos cuando nos acercamos a pedir la bendición, ¿se lo han preguntado alguna vez?

Busqué la etimología de bendecir y en una enciclopedia encontré que proviene de dos palabras, “bene-dicere”, es decir, hablar bien. Así cuando bendecimos a una persona, hablamos bien de ella, la queremos bien, le deseamos el bien. Queremos que le suceda algo bueno.

El ritual de bendiciones, señala que cuando Dios bendice, ya sea por sí mismo, ya sea a través de otros como son sus ministros ordenados, se promete siempre la ayuda del Señor, se anuncia su gracia en favor nuestro.

Así pues, cuando el sacerdote te bendice en nombre de Jesucristo al finalizar la misa o en otros momentos, en realidad, te está asegurando que Dios te ayudará en el camino de tu vida y te concederá su favor. Cuando una mamá bendice a su hijo al salir de casa, le está augurando lo mejor para él. Cuando un esposo le da su bendición a la esposa en su aniversario de boda, le está deseando que lleguen todavía tiempos más felices en su matrimonio de los que ya disfrutaron. Cuando una joven bendice a su novio, le está expresando que lo ama y que quiere ser ella misma el don de Dios que colmará la vida de él.

Seamos sinceros, todos queremos que ante las adversidades que encontramos en el día a día, Dios se acuerde de nosotros, nos regale su cercanía.

A eso nos referimos cuando decimos, con demasiada facilidad, una expresión tan conocida pero igualmente poco reflexionada, “que Dios te bendiga”. Es decir, “que Dios te haga el bien que necesitas”

Para eso bendecimos los sacerdotes, para que las almas experimenten la suavidad y la cercanía del amor de Dios en lo cotidiano de su existencia.

Los dones que ese buen Padre que reside en el Cielo, nos ofrece con su bendición, tienen muchos matices y sabe recetarnos el que conviene, a cada uno, en el mejor momento.

Si leemos el prefacio común número 8, en el misal romano, la liturgia de la Iglesia nos revela algo muy hermoso, que dice así:

“En verdad es justo darte gracias, y deber nuestro alabarte, en todos los momentos y circunstancias de la vida, en la salud y la enfermedad, en el gozo y en el sufrimiento, por tu Siervo Jesus, nuestro Redentor… También hoy como buen samaritano (se refiere a Cristo), se acerca a todo hombre que sufre en su cuerpo o en su espíritu, y cura sus heridas con el aceite del consuelo y el vino de la esperanza. Por este don de tu gracia, incluso cuando nos vemos sumergidos en la noche del dolor, vislumbramos la luz pascual en tu Hijo, muerto y resucitado”

Me permito señalar algunos aspectos relevantes del párrafo mencionado:

–      “Se acerca a todo hombre”: no se excluye a nadie. A cada uno de nosotros se refiere al decir “a todo hombre”, en el sentido de: a cada persona. Por tanto, Dios está a mi lado, está conmigo, está junto a mí. Que yo lo crea o no, eso es otra cosa.

–      “Que sufre en su cuerpo o en su espíritu”: conoce mi dolor, mi necesidad y precisamente por ello se acerca.

–      “Cura sus heridas con el aceite del consuelo y el vino de la esperanza”: su cercanía no es mera curiosidad, sino la entrega y generosidad del que viene para curar.

–      “Por este don de tu gracia”: nos hace el bien al darnos ese don, esa gracia. Es decir, su bendición.

–      “Incluso cuando nos vemos sumergidos en la noche del dolor”: Él nunca falta a su cita con nuestro dolor, nos ama demasiado. No hay dolor que el corazón de Jesús no comprenda, puesto que en su cruz los asumió todos. También el tuyo y el mío.

–      “Vislumbramos la luz pascual en tu Hijo, muerto y resucitado”: si Dios nos bendice con el don de la entrega de su Hijo, no hay motivo para la desesperanza. Después de la noche del dolor, siempre encontraremos la luz de la pascua y la resurrección.

Si la liturgia de la Iglesia tiene razón, y yo así lo creo, entonces no hay momento de nuestra vida que no sea una bendición del Cielo, en el que Dios nos hace el bien, “incluso cuando nos vemos sumergidos en la noche del dolor”, porque sabemos que posteriormente “vislumbramos la luz pascual en tu Hijo, muerto y resucitado”

Mucha gente me ha preguntado cómo estamos los legionarios de Cristo en estos momentos, e incluso cómo estoy yo. Para mí la clave de interpretación de lo que actualmente vivimos es ésta, se vivimos una bendición.

Tratándose de unos momentos que podrían considerarse dolorosos, ¿por qué considerarlo una bendición? Por lo que les decía antes, porque “incluso cuando nos vemos sumergidos en la noche del dolor” siempre “vislumbramos la luz pascual en tu Hijo, muerto y resucitado”

Es decir, Dios está bendiciendo a la Legión al regalarnos un tiempo de reflexión para profundizar en el valor de nuestra vocación religiosa y sacerdotal, no para replantearla, sino para que seamos la Legión que queremos ser, una Legión apasionadamente de Cristo.

El Delegado Pontificio que el Papa nombró para acompañarnos, nos decía en su carta del pasado 10 de julio, lo siguiente:

“El Papa, a través de mí, quiere ahora acompañaros en vuestro camino, para que, sin dejaros descorazonar por los tristes sucesos que quedan a vuestra espalda, podáis alegraros de vuestro presente, del don de la vocación religiosa, sacerdotal y misionera que habéis recibido. Tal vocación viene del Corazón de Jesús, de su amor. Quien ha comenzado su obra en el corazón de cada uno de vosotros, quien os ha preservado de los peligros que os han amenazado, la quiere llevar a cumplimiento”

Puedo sentirme bendecido por Dios, porque el Papa a través de su Delegado nos dice que nos acompaña para que “podáis alegraros de vuestro presente, del don de la vocación religiosa, sacerdotal y misionera que habéis recibido” y la alegría surge porque tengo la certeza moral de que “tal vocación viene del Corazón de Jesús, de su amor”  

No quiero ser presumido ni presuntuoso, pero tengo el privilegio de poder participar, precisamente en estos momentos de bendición, de la vida de la Legión, y le doy gracias a Dios porque en este tiempo he vuelto a pensar qué soy, por qué lo soy y para quién lo soy, y esto me ha llevado a querer ser más lo que soy, reverdecer en mi alma por qué lo soy y comprometerme más para quien debo serlo.

Me siento agradecido al Señor por mi vocación sacerdotal, por la vida religiosa en mi querida Legión, y doy gracias al Señor por las personas que trato cada día, las necesidades que me presentan y la oportunidad que me dan de servirles, pese a todos mis defectos. Sé que soy sólo un sacerdote legionario para ustedes, el tiempo que Dios me lo permita.

Es por ello, que para mí, todo lo que estamos viviendo en estos momentos, lo llamo tiempo de bendición.

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