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“Malala, una historia que apenas inicia

Por Patricia Ruiz, Coordinadora de la Escuela de Relaciones Internacionales

 

“LA ASAMBLEA GENERAL de las Naciones Unidas, proclama la presente DECLARACIÓN UNIVERSAL DE DERECHOS HUMANOS como ideal común por el que todos los pueblos y naciones deben esforzarse, a fin de que tanto los individuos como las instituciones, inspirándose constantemente en ella, promuevan, mediante la enseñanza y la educación, el respeto a estos derechos y libertades, y aseguren, por medidas progresivas de carácter nacional e internacional, su reconocimiento y aplicación universales y efectivos, tanto entre los pueblos de los Estados Miembros como entre los de los territorios colocados bajo su jurisdicción.”

 

Bienaventurados aquellos que tienen educación y que tienen la oportunidad de conocer, entender e incluso, exigir el respeto y reconocimiento de sus derechos. Viviendo en un mundo donde el desarrollo social, el crecimiento de la economía, la desaparición de la guerra y la pobreza; y la unión de los pueblos, son deseables en toda agenda, y a veces parece olvidarse que, a pesar de los avances que el ser humano ha logrado, aún existen muchas naciones en donde estos anhelos son sólo utopías. Lugares en los que miles de mujeres, niños, hombres y ancianos simplemente se aferran a la ilusión de lograr despertar vivos un día más y, si es posible, al lado de sus seres queridos.

 

Es en este escenario donde el 9 de octubre del 2012, apareció en la primera plana de diversos periódicos del mundo, una historia real que parece sacada de un mal sueño. En un pequeño pueblo de Pakistán, una niña de apenas 14 años que vivía rodeada de ríos cristalinos y montañas, vio en una tarde cómo su vida, sus sueños y sus aspiraciones, se convirtieron en una pesadilla, cuando el régimen Talibán prohibió a las mujeres seguir estudiando.

 

Sin embargo, Malala Yousafza no estuvo dispuesta a aceptar la arbitrariedad y el abuso del fundamentalismo Talibán. Viviendo en el pequeño Valle de Swat, inspirada por el ejemplo que su padre le dio desde el día en que llegó a este mundo, se convirtió en una férrea creyente de la importancia que la educación representa para el desarrollo de la sociedad. Se convirtió así, en una activista digital que, teniendo como única “arma” una computadora con acceso a internet, encontró en la red el medio perfecto para gritarle al mundo lo que cada día en ese mismo valle se empezaba a vivir tras la llegada del Talibán. Malala se convirtió así en una voz valiente que se hizo escuchar, superando el miedo y los arteros atentados contra su propia vida. Encontró su causa, y estando dispuesta a dar la vida por ella, nos dejó a todos una lección de dignidad y valor.

 

Sin importar la raza, color de piel, creencias religiosas, sexo, idioma, opinión política, origen nacional o social, posición económica, nacimiento o cualquier otra condición; Malala tiene la claridad de la que muchos carecemos, simplemente porque damos por sentados todos los beneficios de la libertad. A diferencia de nosotros, ella cada día se levanta con la necesidad imperiosa de luchar y trabajar desde su propia trinchera para hacer valer sus derechos, que a pesar de que en teoría son inalienables a todo miembro de la familia humana, no nos atrevemos a aceptar que no se reconocen de la misma manera y que no necesariamente se respetan en cada rincón del globo.

Bien dice la propia Declaración Universal de Derechos Humanos arriba citada, que se debe trabajar por “la defensa y promoción de los derechos de las personas y sus libertades fundamentales como condición necesaria para la paz, la comprensión y el desarrollo, distribuido, expuesto, leído y comentado en las escuelas y otros establecimientos de enseñanza, sin distinción fundada en la condición política de los países o de los territorios”. En pocas palabras, es deber, compromiso y obligación de toda persona, país y/o institución, el trabajar en línea con estos objetivos: por ellos y para ellos.

 

A su corta edad, Malala tiene clara una misión, y se ha dado a la tarea de fijarse objetivos para lograrla. Es por ello que su trabajo ha sido galardonado con diversos premios a nivel internacional, que sin duda reconocen la importancia de sus sueños y el valor que han tenido sus palabras y acciones, como un recordatorio para muchos de que la construcción de un mundo donde se respeten los derechos humanos no ha llegado a su fin, ya que la meta que los países miembros de la Asamblea General se propusieron hace ya 65 años para cambiar el status quo y poder llevar paz, libertad y justicia a todos, está aún lejos de haberse alcanzado.

 

Ya pasó un año del incidente que trajo la historia de Malala a la luz pública, ya muchos conocen su historia, pero esa notoriedad no significa que los cambios necesarios para evitar que ese tipo de acontecimientos vuelvan a ocurrir sean una realidad. ¿Trabajo de quién es? ¿En quién o qué recae la responsabilidad? En cada país y en cada Institución, pero también ¡en cada uno de nosotros! Tomando conciencia del peso de nuestras acciones, dejando la indiferencia al lado, y recordando que hay muchas Malalas afuera sin acceso a la educación. Y aunque ella hoy es un ejemplo para todos nosotros, no podemos ignorar que de igual manera existen otro tipo de “Malalas” con diferentes luchas diarias igual de difíciles, pero que tal vez no encuentran la fuerza, no tienen el apoyo, no cuentan con la fortaleza o las herramientas necesarias para darse a escuchar y enfrentar su lucha contra el hambre, o contra la violencia física, el abuso sexual, la discriminación racial o la pobreza. El mundo está lleno de Malalas que no tienen padres, que viven sin sueños, con hambre y sed de justicia, sin un techo, sin que nadie se preocupe por su futuro y sin que se respete su dignidad.

 

Hoy somos testigos y se nos da la oportunidad de escuchar y aprender del testimonio y la historia de la persona más joven en ser nominada al Premio Nobel de la Paz. Y aunque el 2013 está por llegar a su fin, no podremos olvidar las lecciones que la vida y lucha de Malala nos dejan. El 2013 se convierte en un año importante para las Relaciones Internacionales, ya que nos trajo a una pequeña niña, de ahora 16 años, que se atrevió a levantar la voz y luchar por sus derechos y su dignidad. Con ello, logró renovar en muchos de nosotros el compromiso por retomar las bondades de nuestra profesión como internacionalistas: el hacer de este mundo un mejor lugar para vivir, a través de la búsqueda de la paz, la libertad y la justicia para todos.

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