Inicio > Filosofía - Humanidades > El éxito o fracaso del oráculo o por qué el que busca no siempre encuentra

El éxito o fracaso del oráculo o por qué el que busca no siempre encuentra

Por: Maru Cárdenas, profesora de Humanidades

 

“Juzgo a un hombre por sus preguntas

en lugar de juzgarlo por sus respuestas”.

Voltaire

En la antigua Grecia, el oráculo de Delfos era visitado por personas de toda edad y condición. En el recinto sagrado de Apolo, ricos y pobres, reyes y campesinos,  buscaban  respuestas y certezas. Las preguntas no eran consideraciones banales, abstractas, sino interrogantes vitales que esperaban una “indicación” para decidir el rumbo a tomar.  Tenían tanta fe en el oráculo que creían en su infalibilidad, si el futuro salía contrario a lo predicho, atribuían el problema a la pregunta o la interpretación, no a la respuesta dada. Es conocido el caso de  Creso, rey de Lidia que ante la duda de atacar a Persia recibe la sentencia “Poderoso imperio  será destruido”. Con la confianza de que el destino está de su lado, se lanza al ataque y pierde. Su imperio fue el destrozado. ¡Lástima! Fue un error de interpretación.

El ser humano busca, pregunta y las preguntas importan mucho. Sea que ponga su confianza en la familia, en un amigo, en un adivino, en un científico o en Dios, el hombre no lo sabe todo y experimenta la necesidad imperiosa de buscar las respuestas. Siendo esta una actividad tan natural y habitual uno pensaría que todo ser humano pregunta y pregunta bien. Sin embargo, la experiencia, la historia muestra que no es siempre así.  A veces no se busca, a veces se busca mal.

El pensamiento débil, la indiferencia posmoderna, desanima a las personas en la búsqueda de la verdad.  Al niño preguntón se le ve como una molestia y pronto, con “educación”, modera sus preguntas a lo estrictamente necesario. El imperio de lo urgente prima sobre lo importante, lo práctico sobre lo teórico, lo que “me afecta directamente” lo enfrento, lo pregunto, lo demás se deja para la especulación de un ratón de biblioteca. La vergüenza del desconocimiento, el miedo al qué dirán o al ridículo, estanca a las personas que no se atreven a preguntar. Parece que en ciertos medios es mejor socialmente aparentar indiferencia que mostrar ignorancia. Se necesita interés y humildad para preguntar y no esconder las propias dudas e inquietudes en una fachada de conocimiento. Lo grave no es no saber, sino no preguntar.

En numerosas ocasiones el problema no es que no se pregunte, sino que se pregunta mal. La veracidad de la respuesta no garantiza nada si la pregunta no es atinada, pertinente. Actualmente en la red contamos con millones de datos, información desbordante; sin embargo, no es raro encontrar jóvenes que tras navegar en la red varias horas no encuentran la respuesta. ¿Sabemos buscar? En las universidades se escuchan muchas preguntas, que hablan más del que pregunta que del que responde. Alumnos que genuinamente quieren aprender, y también alumnos que quieren distraer la atención del tema, mostrar su inconformidad o su personalidad.  A algunos les encanta escucharse y después de una larga intervención el entrevistado no consigue identificar cuál fue la pregunta, si es que la hubo. Hay preguntas inteligentes, profundas y otras superficiales o evidentes, hay preguntas genuinas y otras intrigantes. Preguntas que ayudan a esclarecer el camino y preguntas manipuladoras que confunden más. “Disparar preguntas unas tras otras no tiene sentido si no se sabe lo que se quiere saber. Oír respuestas, por muy buenas que sean, de nada sirve si no se logra darles significado.” (Juan Morales)[1]. Cuando después de una clase no hay preguntas, lo más probable  es que el entendimiento haya sido escaso o el desinterés sea grande, a preguntas superficiales, entendimiento superficial.

 Sócrates era un experto en el arte de preguntar. Formulaba las preguntas correctas. Su método todavía influye en la cultura actual.  Sócrates provocaba con sus preguntas, no se podía tener un encuentro con él y quedar indiferente.  Era un experto en preguntas esenciales, con su método solía llegar al meollo de la cuestión, al corazón del asunto. A preguntar se aprende preguntando, conociendo más del tema, mejorando en el propio pensamiento exigiéndonos rigor, solidez y la mayor objetividad posible. Es imprescindible saber lo que se desea conocer y formular la pregunta con el menor número de palabras. La idea es generar un diálogo, no confundir al que responde.

La universidad es el lugar privilegiado para hacerse preguntas. Es el laboratorio de ideas por excelencia, es un momento y lugar importante pero no el único. Parte de la vida es crecer, conocer y solo estamos abiertos si preguntamos, si escuchamos, si nos interesamos. La calidad de las preguntas repercutirá en la calidad del pensamiento, y la calidad del pensamiento repercute en la calidad de vida. No cuestionarse implica jubilarse intelectualmente antes de tiempo. Animémonos a preguntar, a sacudirnos la indiferencia y la ignorancia, preguntemos y preguntemos bien.


[1] Morales Agüero , Juan. El arte de preguntar. Consultado en http://www.cubaperiodistas.cu/columnistas/juan_morales_aguero/17.htm el 30 de mayo de 2012.

  1. Aún no hay comentarios.
  1. No trackbacks yet.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: