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Repensar la asignatura, tarea del maestro

Por el Dr. Ángel Sánchez-Palencia Martí, académico de la Universidad Francisco de Vitoria

Un profesor de filosofía decía un día estas palabras: “los temas que exponemos en clase de filosofía eran para sus autores realidades vividas; para nosotros, profesores, no son ya más que ideas, y para nuestros alumnos no son más que palabras”. Esta fina distinción acerca del acontecimiento educativo ilumina cabalmente la cuestión que se nos propone: repensar la asignatura, tarea del maestro.

La dialéctica «realidades vividas-ideas-palabras» revela -grosso modo- un desarrollo ideológico que se verifica en la Modernidad y que culmina en el nihilismo: un proceso de desfundamentación que se manifiesta hoy en todas las esferas de la vida y de la actividad; singularmente en la que nos ocupa: la Universidad. Tal vez la manifestación más clara del nihilismo postmoderno en la Universidad sea la reducción de la verdad al conocimiento y, de manera correlativa, la reducción del alumno a un intelecto desarraigado, y de la enseñanza universitaria a una transmisión de mera información, en la cual el espíritu crítico, el imperativo ilustrado sapere aude, atrévete a saber, queda expulsado de las aulas –salones- universitarias.

Merece la pena que nos detengamos a considerar, siquiera brevemente, esta afirmación. La verdad no es otra cosa que la realidad –verdad ontológica, según clásica denominación- cuyo conocimiento cierto por causas –episteme, ciencia o verdad lógica– constituye formalmente la Universidad. La verdad ontológica o realidad se ofrece al hombre en su uni-totalidad; es decir, al singular concreto en la unidad de todas sus dimensiones antropológicas: entendimiento, voluntad, afectividad, sociabilidad, corporeidad, historicidad, etc.; es decir, la realidad se presenta ante «Juan», «Elisa», «Diana»… –ponga aquí cada quien su nombre propio y el de sus alumnos-. Y en la relación mutuamente fecundante entre cada quien con las realidades que pueblan el universo humano: Naturaleza, historia y Dios (Zubiri), Dios, hombre, mundo; cada hombre escribe su biografía personal. Esta bio-grafía, etimológicamente, escrito de vida; puede ser lírica o trágica en virtud de su adecuación o no a la realidad. Encontramos aquí la estructura metafísica fundamental de la realidad; a saber, que el ser es anterior a la verdad, y la verdad es anterior al bien, cuya libre realización constituye la perfección del hombre, que es su felicidad.

De manera semejante a un recipiente de cristal que se cae al suelo y se rompe en mil pedazos, la reducción de la verdad al conocimiento que caracteriza la Universidad hoy, hace añicos la mencionada estructura metafísica fundamental de la realidad y con ella, rompe al hombre en tantos fragmentos como antropologías particulares (biología humana, psicología, etnografía y etnología, paleontología humana) y ciencias humanas derivadas de la acción humana y sus efectos sectoriales (economía, derecho, medicina, comunicación, arquitectura, ingeniería, etc.) cultivamos en nuestras universidades… el hombre ya no sabe quién es, aunque cree saberlo cada vez que, tomando un pedazo de cristal roto –ora la physis, ora el bios, ora la psique, ora la lex, ora la techné, etc., etc., etc. – comete la falacia de la pars pro toto; es decir, de tomar la parte por el todo.

En tiempos de crisis, los que nos han sido dados vivir, nos corresponde a nosotros, a los maestros, recomponer el cristalino recipiente hecho añicos de nuestra imagen. Pero esa paciente y delicada tarea –la del maestro- sólo podremos llevarla a buen término situando la Universidad en su verdad; es decir, universitas magistrorum, comunidad o ayuntamiento de maestros (Alfonso X, el Sabio). Esta labor constituye, a lo que se nos alcanza, el fin de repensar la enseñanza universitaria, y “el fin -como afirma reiteradamente el Filósofo- es lo principal en todo”.

Si tal es el fin, hablemos de medios. Nos adentramos así en la pregunta por el cómo. Quien bien me conoce, sabe que la pregunta por el cómo me resulta impertinente y, por ello, aunque jamás logro librarme de ella, no gusto de responderla; sencillamente, porque la pregunta por el cómo no tiene una respuesta única, sino plural, ya que depende de cada quién, es decir, del libre ejercicio creativo de cada maestro en su circunstancia; o, dicho con otras palabras, depende de un «alguien-en-concreto» (lo realmente real) que no se deja encerrar en abstracciones pedagógicas que hablan de «nadie-en-concreto» y, mucho menos en recetas o fórmulas magistrales (las tales sólo existen en Farmacia, no en educación).

Anoto, no obstante, tres medios que estimo necesarios:

  1. Investigación seria y rigurosa. Sólo el profesor que conoce el dominio de su disciplina conoce sus fronteras. Y sólo quien conoce las fronteras sabe de la existencia de un más allá. En efecto, para evitar la falacia de la pars pro toto resulta condición universitaria necesaria dominar el campo de conocimiento de la propia disciplina; haber explorado hasta el extremo el objeto material (aquella parcela de la realidad que estudia una determinada ciencia) con la ayuda imprescindible del método (objeto formal o punto de vista desde el cual cada ciencia considera su parcela de realidad). Únicamente dialoga con el vecino aquél que es capaz de verlo desde la linde de su territorio.

Digámoslo con otras palabras más contundentes para quienes gustan de recetas. “Receta” número uno: ¿domina usted la disciplina que enseña?, ¿está usted al tanto de los últimos avances en su área del saber? Si la respuesta es negativa, es mejor que usted no contribuya al reto de repensar la universidad. ¡Estudie y, dentro de unos años, hablamos!Además, sólo el profesor estudioso que tiene un intelecto en acto es capaz de actualizar el intelecto de sus oyentes. La clase universitaria no está para impartir materia; sino para reflexionar en voz alta.

  1. Investigación nacida del corazón; es decir, con sede antropológica. La vocación investigadora puede manar, y de hecho mana, de distintas fuentes. En efecto, en primer lugar, puede situarse en sede profesional: un modo de ganarse la vida (un ganapán). En segundo lugar, puede situarse en sede social: una contribución al bien común. Por último, puede situarse en sede antropológica: en la vocación de saber constitutiva del ser humano (animal racional). Adviértase que la tercera sede incluye las dos anteriores superándolas por elevación. Sólo quien investiga para satisfacer la más íntima inquietud humana es capaz de emigrar y traspasar orillas y fronteras epistemológicas en busca de las cuestiones de fondo en cuya respuesta nos jugamos el sentido de nuestra existencia personal. “Receta” número dos: pregúntese, en serio: ¿por qué quiero investigar?; ¿para qué quiero investigar?
  2. Ordo amoris docendi: “la asignatura, para el profesor, es el alumno”. Cabalmente comprendida, esta afirmación descubre que la fuente de nuestra vocación (llamada) docente es cada alumno singular, concreto, uno; y no parte (el futuro profesional, un intelecto descarnado…). Sin duda nos hallamos ante una expresión feliz que puede convertirse en fórmula equívoca. Por eso conviene matizar. Si la afirmación: “la asignatura para el profesor es el alumno” significa que la asignatura –un tapiz tejido de ciencia o arte- no es un fin, sino un medio ordenado al alumno, no tengo nada que objetar.

Ahora bien, hay que tener mucho cuidado de no confundir este significado con un celo indiscreto que, aun nacido de noble amor, so pretexto de ayudar al alumno, corrompa la esencia de la asignatura y, con ello, la de la propia Universidad, que es institución benefactora específicamente científica. La caridad que quiere diligentemente llevar a su plenitud al ser amado –en la cuestión que nos ocupa, el alumno- tiene tantos ámbitos de actualización como esferas tiene la vida y la actividad humana. La Universidad, por naturaleza, se define por una de ellas; a saber, el trabajo intelectual que tiene por fin el conocimiento cierto por causas; es decir, la ciencia. Esto no quiere decir que la ciencia sea el objeto de nuestros amores; sino más bien, que es la puerta de nuestros amores, los cuales, por su propia naturaleza, se dirigen a personas y no a saberes.

Hemos alcanzado la tercera receta: si verdaderamente amamos a nuestros alumnos no podemos traspasar el umbral del aula sin la debida ciencia, que no es lo mismo que sin nada qué decir, pues muchas cosas se pueden ser dichas sin ciencia. En el aula universitaria resulta abismal la diferencia que hay entre una verdad afirmada y una verdad razonada. La primera resulta fanático dogmatismo, la segunda diálogo que busca encuentro, que es fruto de amor. Es claro que no hablo de estéril erudición, sino de cognitio certa per causas, que es fruto de lectura y reflexión; es decir, hablo de ciencia. Y la ciencia es fruto del ocio -no de la vacación, que es merecido descanso para enjugar el sudor de la frente-. Tenemos, pues, la responsabilidad de buscar tiempo de ocio para el estudio en tranquila celeridad. Llegamos así a la “Receta” número tres: ¡ningún día sin estudio!

En conclusión, respondo a la pregunta que formulada: ¿cuál es la tarea del maestro en el reto de repensar la enseñanza universitaria? La tarea es triple: estudiar, reflexionar y volver a estudiar.

Categorías:Revista Integra
  1. julio 21, 2012 a las 5:26 pm

    Que cierto es lo de que la verdad afirmada se convierte en un fanatismo dogmático. Multitud de personas que adopta posturas porque se lo dijo alguien. Creencias basadas en dichos y no en experiencias

  2. Rogelio Moreno administración 91
    julio 23, 2012 a las 11:19 pm

    Excelente, reflexión, los maestros universitarios debemos generar un espíritu critico en nuestros estudiantes. Los jóvenes universitarios deben comprender la realidad, analizarla y sobretodo luchar por transformarla a la luz de conocimiento y su aplicación ética.

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