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¿Quién está sentado en nuestras aulas?

¿Homo Sapiens?, ¿Homo Faber?, ¿Homo Ludens?, ¿Homo Videns?

Por Valeria López, Coordinadora del Centro Anáhuac Sur en Derechos humanos

He tenido la oportunidad de ser profesora de filosofía desde hace más de quince años. Durante este periodo he visto crecer y cambiar a mis estudiantes, a la tecnología, al país y al mundo.

Baste decir que cuando comencé a impartir clases en México gobernaba el PRI, el acceso a internet era bastante restringido y usar el retroproyector era un arte que cualquier profesor medianamente profesional tenía que dominar.

 Mis primeros años en la docencia fueron fáciles y difíciles pero siempre apasionantes. Difíciles porque hacerse cargo de la conducción de una clase, prepararla, estar lista para las preguntas y las ocurrencias de los alumnos me hacía sentir al frente de un circo de tres pistas.

 Fáciles, pues la cercanía generacional con los estudiantes propiciaba el diálogo y la comprensión de los intereses y los problemas: poner ejemplos, recomendar lecturas y reflexionar sobre las películas de los días era algo que ocurría espontáneamente. Ya no más.

Ahora debo pensar cuidadosamente cada una de mis referencias, pues los estudiantes a los que atiendo son completamente distintos –y no– a los primeros que tuve.

Por ejemplo, pareciera que hablar del Terremoto de 1985 es hacer referencia a una era geológica distinta; confesar que una iba “a la disco” en lugar de ir “al antro” es prácticamente aceptar ser contemporánea de John Travolta (quien es un actor de culto). Huyo –como de la roña– de los casos que incluyan referencias tecnológicas, por más que mi ejemplo preferido para explicar la tetralogía causal aristotélica haya sido durante muchos años el walkman, no lo uso más. Asimismo, he creado un diccionario secreto de palabras prohibidas en el aula; una breve muestra: fax, icq, bíper o casette.

Y, en efecto, en quince años todos –ellos y yo– hemos cambiado. Sin embargo, al paso del tiempo la pasión sigue siendo la misma aunque el escenario sea radicalmente distinto. Algo cambió en los estudiantes y también en mí; pues aunque todos seamos homo sapiens hay conductas específicas dadas por la pertenencia generacional que dan a paso a otras definiciones filosóficas de hombre que, sin sustituir, complementan la visión tradicional.

En el siglo XXI, los estudiantes nos exigen que seamos más empáticos con sus necesidades de conocimiento y de comprensión del mundo.

Me gustaría compartir algunas de éstas definiciones desde las que he intentado comprender a los estudiantes con los que me encuentro, prácticamente, todas las mañanas. Pienso que este esfuerzo es necesario pues la tesis que sostengo es que gran parte del éxito de nuestra labor como profesores universitarios depende de la perspectiva antropológica con la que comprendamos a nuestros interlocutores, pues son ellos, los alumnos, quienes dan sentido y cause a todo nuestro empeño.

Creo que para comprender quiénes están sentados en nuestro salón no podemos conformarnos con la definición clásica de animal racional –homo sapiens– pues aunque, en efecto, lo sean, los alumnos contemporáneos tienen características específicas de sus días.

Presentaré algunas definiciones que, en mi opinión, señalan características que no podemos perder de vista en la comprensión de los universitarios del siglo XXI pero que sería un error considerar como precisamente definitorias. Y aunque contradictorias –homo faber vs homo sapiens o vs homo ludens– aparecen a veces a hurtadillas y otras más sin ningún reparo en ciertas conductas de los estudiantes.

En efecto, en mayor o en menor medida, mis estudiantes tienen algo de homo faber, pues comprenden sus estudios cara a una salida profesional. El ideal del sabio aristotélico que aprende para contemplar la verdad –y sólo para eso– ha quedado muy lejos. Los estudiantes no sólo quieren ser los mejores de su generación sino los mejores exalumnos de su universidad y esto se traduce en profesionistas reconocidos y exitosos. Son Homo Faber en cuanto orientan los conocimientos a la transformación del mundo; prefieren actuar frente a saber.

He asumido el reto cotidiano de conectar los conocimientos filosóficos con las perspectivas sociales y laborales de mis alumnos. Así, el análisis de casos éticos y la discusión de problemas políticos se ha vuelto un punto focal de mis clases pues, de no ser así, correría el riesgo de que mis estudiantes perciban mi materia como caduca, useless u ornamental. Y, desafortunadamente, dejarían de tomarla en serio.

Es un hecho que los estudiantes del siglo XXI son adictos a la adrenalina del juego, ya sea por el deporte o por los videojuegos; por ello, el Homo Ludens aparece cotidianamente exigiendo retos y competencias. Así, me enfrento con la dispersión y la inquietud del Homo Ludens, que reclama emoción, acción y reto durante las clases. Intentar extinguir esta peculiaridad es tan utópico como apagar un volcán.

Recurrí a la cotidiana competencia, al análisis y al debate para orientar los instintos lúdicos de los estudiantes. Empiezo a sospechar de la dinámica de la sesión si no logro sacar una sonrisa, un comentario agudo o una propuesta fuera del ámbito tradicional de interpretación de la clase. No hay nada más divertido que pensar y, sobre esa base, he construido el discurso de la exposición.

Finalmente, los estudiantes del siglo XXI están sobre informados, son vertiginosos y visuales: la televisión y la computadora los han educado. Son Homo Videns y dependen de las imágenes como alimento básico de construcción de ideas.

Y, a pesar de la aparente paradoja, es un camino que puede andarse. La tecnología es la opción para conectar la mirada con la reflexión; los alumnos son mediáticos y vertiginosos y, si queremos establecer diálogo con ellos, tendremos que hacerlo sobre esas bases para luego, poco a poco, irlos formando en el sano ejercicio de la reflexión, la crítica y el diálogo.

Conclusiones

 No podemos perder de vista que educamos personas históricas, con condiciones políticas y económicas específicas. Y que en ellas destacan ciertas actitudes, modos y usos que nos obligan a comprender las circunstancias en que se desenvuelven nuestros estudiantes.

 Olvidarlo sería ser insensible a las necesidades de los universitarios, pero reducirlos a estas circunstancias sería traicionar el ideal antropológico. Me parece sano considerar algunos de estos atributos sin que por ello perdamos de vista que ninguna de las definiciones anteriores agota la grandeza de la persona.

 Pienso que debemos orientar toda nuestra labor –la investigación, el trabajo administrativo, el estudio- a favor del servicio hacia la persona considerada en su individualidad histórica para, desde ella, reemprender el camino en la sana comprensión del humanismo.

 Si quieres leer éste y otros artículos relacionados, no te pierdas el nuevo número de la revista Integra http://issuu.com/revista-integra/docs/integra-15

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