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¿Elegir el bien o elegir bien?

Víctor Rivas Calderón, Profesor de la Facultad de Filosofía

“Y tú, si no eres Sócrates, debes vivir queriendo ser Sócrates”

Epicteto

Es conocido que los primeros estudiosos de las mejores formas de gobierno fueron Platón y Aristóteles, en el siglo V y IV a. C. Y coincidieron, entre no  muchas otras cosas, en que la democracia no era la mejor de las formas. Con los años, esta idea declinó a “la democracia es la peor manera de gobernar”.

En realidad, es así:

“Extranjero- Por lo tanto, a quienes participan en todos estos regímenes políticos [democracia], excepción hecha del individuo que posee la ciencia, hay que excluirlos, dado que no son políticos sino sediciosos y, puesto que presiden las más grandes fantasmagorías, son ellos mismos fantasmas y, por ser los más grandes imitadores y embaucadores, son los más grandes sofistas de entre los sofistas”.

Los tiempos son distintos. El ideal panhelénico era lo que corría en la grey política de la ciudad más importante de la época. La liga marítima ateniense controlaba el comercio y las fronteras. Atenas era una perla –bajo la amenaza constante de Persia-, un brillo que cobraba más esplendor con el acontecer bélico, comercial e intelectual. Los griegos de entonces, apegados a la religión Órfica, comprendían la realidad de un modo trágico. No se entienda con esto que era una vida deprimente, tirada al drama y al llanto. Trágico porque seguían el designio del destino, escrito por los dioses. Si con esa vara regían su vida, con esa lupa veían también la política. Por tanto, era de esperarse que siguieran los mandatos del gobierno, que no los cuestionaran –porque quien cuestionara, quizá podría beber cicuta-. Poder, riqueza, fascinación por el desenfreno, la concupiscencia, son características que iban ligadas al mundo político. Todo lo que significara penuria, pequeñez, moderación, prudencia, resultaba exclusivo de los pobres de espíritu. Por tanto, el ciudadano podía hacer y deshacer en tanto obedeciera las leyes de la polis. Para Isócrates, político destacado contemporáneo de Sócrates y Platón, la polis o colectividad social, corrompe el pensamiento y la manera de expresarse de sus ciudadanos.

Los ciudadanos eran gobernados por los políticos, lo cual no es nada extraño. Sócrates, el viejo maestro, recomendaba a sus discípulos practicar el autodominio[1] –autarquía, es decir, domino de sí mismo-.  Sólo así, el ejercicio de la libertad sería excelente, eficiente. Tenemos entonces un concepto más amplio y útil para estos tiempos. La libertad es autodominio. Un ser humano es libre en la medida en la que se conoce –ya sugería Sócrates al enunciar la inscripción en el templo délfico de Apolo: “conócete a ti mismo”-. Cuando uno se conoce a sí mismo lo suficiente para poder elegir, es cuando está listo para profundizar y avanzar en la complejidad de las disyuntivas de la vida.

Elegir es discriminar, y esto es, decidir. Preferir, decantarse por un lado que por otro, por una cosa que por otra, por un gobierno que por otro. La democracia actual tiene una severa crisis. Los hombres de hoy no sabemos elegir, y es porque no nos conocemos a nosotros mismos. Pero si iniciamos la introspección, la reflexión, podremos tener luz.

Nuestro país está en período de elecciones presidenciales. Es nuestro deber conocer lo que queremos, conocer lo que nos ofrecen, y si no nos lo presentan, es nuestro deber exigirlo o indagarlo. Cuanto más conozcamos, más libres de elegir seremos. Así que la elección depende de cada uno. La razón es buena compañera para saber elegir lo que la voluntad nos ofrece. La libertad será completa si tendemos hacia el bien común y no nos esclavizamos al bien particular. Un hombre es libre si, y solo si, se conoce, se domina y busca el bien común.

Sócrates, a pesar de considerar como injusto su castigo, decidió, eligió seguirlo porque el bien común así lo demandaba. “Busquemos el bien común”, sigamos su ejemplo; elegir el bien es elegir bien.

filosofía.uams@anahuac.mx

Categorías:Derechos Humanos
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