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Mexicanos al grito de paz

Por Víctor Hugo Cabrera , profesor de Humanidades

Mucho decimos al mundo que somos un país pacifista, quizá refiriéndonos al hecho cierto  de que en las últimas décadas no hemos tenido guerra o guerrillas tan contundentes y amenazadoras como en otros países, sin embargo, existen hacia el interior del país otros tipos de violencia bien conocidos por cada uno de nosotros ya que la vemos manifestada casi todos los días.

Aseguramos que queremos la paz, el problema surge con la inconsistencia a la hora de actuar. Las agresiones individuales de todos los días que saben a discriminación y las “pequeñas” injusticias que forman parte de la cotidianeidad son las contradicciones que deben hacernos reflexionar, ya que donde no hay congruencia de las actitudes personales no hay credibilidad hacia el exterior. Cabría preguntarse ¿qué prácticas deberíamos tener cada uno de los mexicanos para poder afirmar que amamos la paz?

La paz para Michael Ryan es “el estado de seguridad y orden de una comunidad apoyado por la ley…condicionada por factores que la fortalecen; la familia, el respeto a la vida, la defensa de la verdad y la solidaridad”. Así y reflexionado sobre ello, es que nadie se puede llamar pacifista si no práctica ciertas actitudes fundamentales basadas en el reconocimiento y respeto de ciertos principios que en definitiva garantizan el bien común entre los seres humanos, a saber: el respeto por cada vida humana, la promulgación y defensa de la verdad que parte de la certeza y de la evidencia de un hecho, la disposición de ayudar al que por alguna situación resulta el más desprotegido, procurándole lo justo y lo equitativo por su simple condición de persona perteneciente a una comunidad humana solidaria y civilizada, y una actitud más, la disposición para la confrontación de las ideas cuando existan desacuerdos o diferencias a través de un diálogo: maduro, intelectual, sereno y realista, ya que no podemos violentar a la persona por pensar diferente, pero si se vale disertar sobre sus ideas para darnos cuenta si conllevan errores de juicio que sobre la base de la realidad, invariablemente, perjudicarán el derecho de otros.

Consolidar una cultura de orden y seguridad exige educación, cuánta razón hay en la sentencia de Concepción Arenal cuando nos dice “Abrid escuelas y se cerrarán cárceles”.

No nos permitamos el desánimo ante la encomienda de formar a las nuevas generaciones de mexicanos -nuestros niños y jóvenes- para que el día de mañana valoren el estado de derecho y el estado de procuración de bondad común al que todos estamos llamados. Si desde pequeños les desarrollamos hábitos de apertura amistosa en las relaciones interpersonales, amor a la patria, convivencia tolerante con responsabilidad social, les estaremos iniciando en el camino de la actitud pacífica.

Debemos también enseñarles la prudencia, entendida como el arte de saber medir las consecuencias de los propios actos, si se actúa con agresión o injusticia acabaré mal. Se debe reconocer que el límite de mi libertad es siempre la dignidad y el derecho de los demás, cuando atento gravemente contra mi propia integridad física, psicológica y espiritual o la de otros, estoy siendo imprudente, derivándose consecuencias para sí mismo, la familia y la sociedad.

Debemos darles ejemplo de personas justas, la justicia es darle a cada quién lo que le corresponde según sus méritos y esfuerzos, pero además procurando la salud, educación, protección y oportunidades de desarrollo a todo aquel que sin saberlo lo merece. La justicia y la equidad son los mejores medios para la paz social ya que cuando se suprimen con toda intención, las personas perdemos la confianza en la legalidad porque surge la exclusión de lo legítimo: el engaño, la traición, la manipulación, la omisión, el maltrato y el abuso son los medios predilectos de la desesperación y la inconformidad. “Cuando uno no sabe ser justo, no tiene derecho a ser severoLamartine

Parece que la acostumbrada violencia del más fuerte sobre el débil y el no querer renunciar a nuestro propio egoísmo para salir al encuentro de otros,  son el campo fértil para la indiferencia que tanto lacera la solidaridad humana. La centralidad en la persona y no en las cosas, el respeto de lo ajeno, el ver no sólo los derechos del otro sino también sus necesidades, el afán de hacer el bien a toda persona por la dignidad que posee serían el antídoto.

Otro grave problema, e insisto en la educación como la gran Vía della Conciliazione, es la falta de autodominio de sí mismo, debemos enseñar a los niños y jóvenes y nosotros mismos a controlar enojos que pueden llevarnos hacia la descarga iracunda contra aquel que nos ofendió, enseñarles a superar las frustraciones inevitables de la vida y a doblegar los sentimientos negativos mediante una inteligencia iluminada por razones y una voluntad fortalecida para actuar el respeto y la tolerancia. Este autocontrol o autodominio de sí mismo es madurez que se logra actuando de manera libre, pero con principios de eticidad y responsabilidad social. Es más inteligente y maduro aquel que no cae en provocaciones que el que responde impulsivamente a una agresión sin medir las consecuencias.

Dialogar y negociar son buenas alternativas si de acaso el conflicto o la divergencia aparecen en las relaciones humanas, muestra apertura y no necedad, realismo y no escepticismo. 

Por último, enseñemos la actitud del perdón que no significa olvidar la ofensa ya que naturalmente tenemos memoria, es dominar el deseo de herir, de lastimar, de cobrar venganza o humillar al que me hizo daño, en el entendido que casos muy difíciles es todo un proceso que necesitará de ayuda. La venganza empequeñece al que la práctica “el débil puede que nunca perdone. El perdón es atributo del fuerte” Gandhi.

Ya muchos han dicho que el perdón nace del amor, el grado máximo de solidaridad  que como humanidad podemos tener es cuando hacemos consciente que si amamos al prójimo como a nosotros mismos, la convivencia y la paz están aseguradas, “Aquel a quién el amor no toca, camina en la oscuridadPlatón

Dice Juan Pablo II: “La paz exige cuatro condiciones esenciales: verdad, justicia, amor y libertad”. Recordemos que en nuestras raíces como noble nación siempre han existido estos valores, simplemente ha llegado el momento de re-significarlos, educarlos y asumirlos cada uno de nosotros con responsabilidad. Somos más las personas que queremos la paz que los que generan la violencia.

Suena todo esto a un compromiso definitivo con nuestro querido México y es así, !Somos un país pacifista! quedaría fundamentado y las nuevas generaciones podrán gritarle al mundo con confianza y orgullo ¡Mexicanos al grito de Paz!

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