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¿Qué tiene valor hoy en día?

Texto extraído de la publicación Dux Inveritate de la Universidad Anáhuac México Sur, por la Mtra. María Eugenia Cárdenas Cisneros, especialista en temas relacionados con la mujer. Coordinadora del Centro Anáhuac Sur en Derechos Humanos.

Comparto totalmente la frase de Adela Cortina donde dice: “Si de la realidad tenemos que partir, inevitablemente parece aconsejable tratar de conocerla lo mejor posible, porque otra cosa es, no sólo es suicida, sino también homicida”.[1] Ahora bien, realidad no es sinónimo de pragmatismo.

Vivimos en la era de la eficacia, de lo práctico, de los resultados donde, por ende, se desprecia lo que no contribuye, lo que no sirve, lo inútil, ¿lo que no tiene precio? ¿Qué tiene valor hoy en día? Vale lo que representa un bien, pero hay de valores a valores, de bienes a bienes. No vale igual un kilo de papel que un kilo de oro, no es igual un año de vacaciones a un año de salud. ¿Sabemos invertir en lo más importante? De la jerarquía de valores se desprende el código de ética de cada persona, desde los bienes elegidos se dirige toda la vida.

Es verdad que todos actuamos por un fin determinado, algo nos mueve, pero no necesariamente debería ser un bien útil. Si es cierto que estos son válidos hay que considerar también que no son los únicos ni los más importantes. Incluso deben subordinarse al bien moral. Con esta afirmación, en un mundo posmoderno, se entra en terreno escabroso. ¿Qué es el bien? ¿Cómo reconocerlo con certeza? ¿Cambia, depende de cada quién, o es universal?

Independientemente de los muchos o pocos estudios filosóficos todos tenemos una respuesta que se manifiesta en la vida diaria: dime cómo piensas y te diré cómo actúas. Para algunos el bien es aquello que les conviene, que les reporta alguna utilidad concreta y real; puede traducirse en dinero, fama, prestigio, poder o en el sucedáneo que más se le parezca. Para otros la conveniencia es afectiva, debe reportar beneficios placenteros, sensaciones agradables, evitar el desgaste y procurar el estado de ánimo más positivo que se pueda. Otras personas prefieren delegar la responsabilidad de elegir y prefieren dejarlo en manos de la opinión de la mayoría, “a la tierra que fueres, haz lo que vieres”.

Resulta que un análisis más detallado de la vida cotidiana nos muestra la insuficiencia de las respuestas anteriores. Después de todo el bien no es tan voluble ni caprichoso. Como apuntó Aristóteles hace más de 2500 años, el bien es “aquello que perfecciona la naturaleza del ente”; suena un poco extraño pero es atinado y seguro. En otras palabras, hay que conocer la naturaleza, la esencia constitutiva de un ente, lo que lo hace ser de ese modo y no de otro. Todo lo que beneficie sus operaciones será un bien, lo que se lo impida será un mal. ¿Le conviene a un plumón permanecer destapado un mes? Obviamente no, se secará y dejará de ser plumón. Una flauta tendrá por naturaleza producir sonidos musicales, será algo bueno que la toque un músico, será contraproducente utilizarla como martillo.

En el caso del ser humano hay también que descubrir su modo de ser. Cada persona podrá reconocer, aceptar o tratar de ignorar su naturaleza, pero no podrá cambiarla. El ser humano necesita respirar, comer, dormir, relacionarse con otros, amar, darse más allá de las propias narices, pues sólo en la entrega será feliz. El problema es que la época actual nos ha querido proponer  conductas no tan atinadas. La sociedad de la ilusión nos ha sugerido como camino de la felicidad el utilitarismo, como ética el análisis procedimental, donde todos son medios para mi fin; el individualismo donde importo yo, después yo y al final yo, para lo cual interactúo con un tú (sólo porque no nos queda de otra). Basta ver los resultados obtenidos, el siglo XX rompió récord en muchas cosas. Una de ellas resulta gravemente paradójica, hablar mucho sobre derechos humanos y atentar mucho contra los mismos. Según la World Health Organization se suicidan aproximadamente 873,000 personas al año. Las muertes violentas han dejado de ser novedad, las depresiones han aumentado, las fracturas familiares también y la lista de bemoles continúa; los expertos hablan de una epidemia de soledad y sinsentido de la vida.

Probablemente sea hora de volver a empezar, de volver el rostro y mirar de frente a la persona humana, reconocer al otro en todo su valor por lo que es, no por lo que me aporta o me hace sentir. Creo, entonces, que nos estaremos acercando al meollo del asunto: la raíz de los derechos humanos no puede depender del consenso, de las ideas contemporáneas o de la opinión en el poder. La raíz de los derechos humanos hay que buscarla en la naturaleza del hombre.

Síguela en Twitter @marucardenasc


[1] Cortina, A. Somos inevitablemente morales. Revista realidad. P. 521 Consultado en http://www.uca.edu.sv/revistarealidad/archivo/4d652d2b25cfcsomos.pdf

Categorías:Derechos Humanos
  1. diciembre 19, 2012 a las 7:40 am

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