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La enseñanza de la ciencia económica en la universidad

Por el Dr. Jorge López G. Rector y el Mtro. Alfredo Nava Govela, coordinador de Posgrados de la Facultad de Negocios
 
¿Cuál es el motor de la economía? Desde Adam Smith, a mediados del siglo XVIII, y posiblemente  antes, la tesis dominante sostiene que la persecución individual del propio interés es el motor que conduce la economía. No sólo eso sino que esta búsqueda a su vez conduce, a modo de una mano invisible, hacia una autorregulación racional, eficiente y equitativa de los mercados. Casi 250 años después de la publicación de la “Teoría de los sentimientos morales” y de “La riqueza de las naciones” este paradigma sigue dominando la enseñanza económica en las universidades, también las católicas.¿Es verdadero este postulado? ¿En realidad funciona así la economía? ¿El ser humano pretende esto en la actividad económica? Las críticas no han faltado. A mediados del siglo pasado Herbert Simon desarrolló la tesis según la cual la racionalidad del comportamiento económico está limitada por la información disponible, el tiempo disponible para la decisión y los propios límites de la mente (Simon, 1957). Según Simon los seres humanos tenemos comportamientos “irracionales” lo que no quiere decir que sean comportamientos estúpidos sino que no encajan en la estrecha racionalidad humana supuesta en el paradigma dominante de la escuela neoclásica. Simon se educó en el paradigma neoclásico pero al momento de analizar si efectivamente se cumplían sus supuestos concluyó que muchas de las “leyes” neoclásicas (p.e. la ley de Say, la teoría cuantitativa del dinero, la hipótesis de las expectativas racionales) eran discutibles cuando no erróneas. Más recientemente Skildeski (2010), en la senda trazada por Keynes, ha expresado que lo que está fallando son los supuestos, es decir, el sistema de ideas vigentes, más que la precisión de los modelos matemáticos usados. 
Los economistas neoclásicos consideran que estos comportamientos no son significativos en su conjunto o que se cancelan sus resultados al agregarse. Sin embargo las evidencias muestran que, lejos de ser así, los efectos de estos comportamientos son sistemáticos, predecibles y acumulativos. Existen elementos suficientes para afirmar que los mercados por si solos no solucionan con eficiencia y equidad las necesidades sociales. Más aún: que el ser humano y la economía -a fin de cuentas actividad humana- son algo mucho más complejo. De hecho hoy existen hallazgos que complementan esta concepción como son los descubrimientos en torno al modo como el ser humano toma decisiones, la asimetría existente en la información disponible, las externalidades (positivas y negativas) producidas por la actividad humana, entre otras. En esta comunicación apuntaremos algunos de estos hallazgos con el fin de criticar y mejorar el modelo conceptual o paradigma del comportamiento humano en la economía.
 
A. Complejidad del comportamiento humano en la economía.
1. Limitaciones y sesgos en la manera de razonar, procesar la información y tomar decisiones.
En los últimos años la psicología ha puesto de manifiesto que la toma de decisiones en economía difiere de la presunción racionalista clásica. El ser humano que se presupone en los modelos económicos, con una capacidad ilimitada de procesar información, que decide libre de emociones buscando optimizar su utilidad, según preferencias bien definidas y estables, no existe. (Wong y Quesada, 2009: x).
Daniel Kahneman y Amos Tversky han desarrollado la denominada prospect theory incorporando elementos de la psicología a la ciencia económica. Sus argumentos han enriquecido la comprensión de la toma de decisiones económicas por parte de los individuos. Por ejemplo, han hecho notar que muchas de las decisiones económicas siguen un procedimiento de tipo heurístico más que de cálculo racional probabilístico, que existe un sesgo dado por la aversión a las pérdidas o que la forma de estructurar un problema (framing) incide en la preferencia sobre la decisión a tomar (Kahneman y Tversky, 1973).

2. Importancia de la equidad y colaboración en los intercambios. 
Una segunda consideración es el papel de la equidad en las decisiones económicas. Según la visión economicista liberal la justicia es en realidad un comportamiento interesado y útil: tratar bien a los demás o el fair play son un “seguro” que permite esperar ser bien tratado en una situación futura comprometida. Sin embargo existe en todas las culturas una reacción de rechazo hacia quienes abusan de una situación ventajosa hasta el punto de estar dispuesto a sacrificar beneficios propios para evitar un beneficio abusivo. El actuar de mala fe, egoístamente, según la escuela escocesa de Adam Smith, no afecta al equilibrio. Pero esto no es así. Experimentos varios muestran que el ser humano reacciona negativamente -incluso en contra de sus intereses- cuando sabe que los demás están actuando de mala fe. Prefiere el castigo del que infringe las normas a su propio beneficio. Y la historia de las crisis económicas -en las que suele haber un estallido de una burbuja originada por abusos o mala fe- lo corrobora, generando olas de reglamentaciones en buena parte porque la opinión pública está a favor del castigo y del control (Akerlof y Shiller, 2009). 
Los economistas Robert Aumann y Thomas Schelling, ganadores del premio nobel en 2005, han desarrollado modelos de análisis de la toma decisiones concluyendo que la cooperación es la estrategia más ventajosa entre los jugadores. El hecho apunta a que el comportamiento inteligente es el que renuncia a un interés particular estrecho. Sin embargo nos parece que en el comportamiento humano hay un interés por la justicia, por el bien común, por colaborar con los demás que no se explica sólo por el interés individual. Sin caer en la ingenuidad hemos de reconocer que la búsqueda de lo bueno, lo éticamente correcto, está presente en la toma de decisiones. 
3. Papel de la búsqueda de sentido y la cultura en las decisiones económicas.
La búsqueda de sentido parece tener un lugar preponderante en toda la actividad humana. La preocupación por la justicia y por el otro, como también el interés por alcanzar el propio beneficio económico, se entienden mejor a la luz de la búsqueda de sentido en el comportamiento humano. Según Karl Weick (1993), desde una óptica social-constructivista, los grupos humanos encuentran un sentido a su actuar y lo comunican a los nuevos miembros de la organización. El ser humano aborrece actuar sin sentido aunque con frecuencia el sentido que da a sus actos puede ser equivocado y esto conlleva que a la larga sólo una correcta adecuación del sentido a la realidad permita un correcto funcionamiento del individuo en sociedad y de los grupos humanos. 
La complejidad del comportamiento humano descansa, por tanto, no sólo en su búsqueda personal de sentido sino en el modo como su interacción social influye en dicho sentido. Lo individual y lo social están íntimamente unidos pues el hombre es animal social; sólo se es hombre en sociedad, como los griegos supieron apreciar. La cultura, lejos de ser un añadido a la naturaleza o un determinante externo de comportamiento es el modo de ser humano, algo inherente a su naturaleza. La cultura influye en la consideración sobre qué comportamientos económicos son socialmente aceptados y seguidos, y por ende considerados como “racionales” (Sen, 1994). “La realidad económica es un proceso de creación de posibilidades de acción que se realizan socialmente y se transmiten culturalmente” (Aranzadi del Cerro, 2005: 540).
La variabilidad de comportamientos sociales según las culturas puede ayudar a revisar el concepto de preferencias en economía como también de racionalidad. No quisiéramos, por otro lado, caer en el extremo de reducir todo el comportamiento económico a una construcción social negando así las evidencias de que hay aspectos que van más allá de lo cultural y que sólo pueden explicarse si aceptamos una noción de naturaleza humana común que trasciende a todas las expresiones culturales.

4. Papel de las emociones y sentimientos.
Las emociones y la búsqueda de comunión interpersonal han sido poco estudiadas en economía. De acuerdo a Leslie Greenberg (2004), entre otros, los seres humanos buscamos dar sentido no sólo a las ideas sino a las emociones que experimentamos. Inteligencia y afecto están estrechamente vinculados y juegan un papel relevante en la adaptación correcta al entorno. Las personas actúan no sólo de acuerdo a puntos de vista racionales conscientes sino de acuerdo a sus sentimientos a menudo preconscientes.
Más aún, la búsqueda de sentido, a la que nos hemos referido en el apartado anterior, no es sólo racional sino afectiva. Ciertamente el amor es más que una gama de sentimientos pero los incluye. En este sentido es valioso el aporte de la psicología positiva (cf. Seligman y Csikszentmihalyi, 2000) pues ha puesto de manifiesto algo que los antiguos conocían bien e incluso autores como Keynes (cf. Skildeski, 2010: 160 y ss.): el papel de las virtudes y los vicios en las relaciones interpersonales. Y entre ellas el papel del amor en el comportamiento humano como clave para una vida con sentido, feliz. El amor es una tendencia o anhelo hacia un objeto en el que concurren la inteligencia y la voluntad, pero también las emociones. Ya es tiempo de estudiar el papel de la amistad en la economía, sin moralismos, antes bien como un factor conductual que explica el que los seres humanos deseemos y seamos capaces de trabajar juntos, en comunión. Está claro que el desorden y el desequilibrio económico están asociados a comportamientos antisociales. Pero ¿qué explica el orden social y una economía relativamente funcional?, ¿no será el hecho de que el ser humano es un “animal social”? ¿no será la inclinación a amar de la que tanto hablaron los filósofos clásicos, predecesores de los modernos economistas, para explicar el comportamiento social?
 
B. La forma de operar de los mercados.
Como ya hemos mencionado, hay otro aspecto del paradigma económico enseñado en las universidades que nos parece insuficiente. Tiene que ver con la complejidad del ser humano pero apunta hacia cómo los seres humanos llevamos a cabo las operaciones de intercambio económico, es decir, tiene que ver con los mercados. Consideramos necesario revisar la teoría sobre cómo operan los mercados en diversos aspectos que ahora comentaremos brevemente.1. Información asimétrica.
Joseph Stiglitz y George Akerlof cuestionaron la eficiencia en el mercado pues los bienes y servicios son proveídos con diferentes calidades y bajo incertidumbre sobre su funcionamiento, lo que limita la supuesta racionalidad en la toma de decisiones (Akerlof, 1970). Para Stiglitz (2010) los mercados de todas las economías no son eficientes entre otras razones porque la información es asimétrica e imperfecta; lo que según la teoría económica neoclásica es una excepción más bien resulta la norma. La “mano invisible” es tan invisible que no existe. Ahora bien, Stiglitz no niega que los individuos o empresas busquen su propio interés sino que esta búsqueda conduzca a la eficiencia.
En este orden de ideas, la información asimétrica puede generar que quienes cuentan con información no disponible para los demás se aprovechen, distorsionando el funcionamiento correcto del mercado.

2. Papel de los derechos de propiedad en un marco jurídico adecuado.
Los derechos de propiedad son una de las bases para el buen funcionamiento de los mercados. El paradigma de la “mano invisible” da por supuesto esto o sencillamente no le da importancia. En efecto, un marco legal de los derechos de propiedad culturalmente aceptado facilita el intercambio de cualquier bien y/o servicio. Cuando la tenencia de la propiedad es clara el individuo puede vender un producto y otro lo puede comprar con tranquilidad. Asimismo, los derechos de propiedad incentivan al desarrollo de nuevas ideas pues al existir derechos de propiedad intelectual bien establecidos, el autor sabe que tendrá el derecho de explotar su idea en un futuro. Por el contrario, la ausencia de derechos de propiedad desincentiva el intercambio y la generación de ideas nuevas. Muchas de las posturas económicas basan sus modelos en escenarios donde los derechos de propiedad están bien establecidos, pero dicho supuesto sólo se sostiene en contadas ocasiones.Diversos autores han enriquecido la ciencia económica a través del estudio de los derechos de propiedad. Entre ellos destaca Douglas North quien desarrolla la economía de las instituciones, entendiendo “instituciones” como el análisis de las creencias, hábitos, costumbres, reglas, restricciones y leyes sobre el comportamiento humano en términos económicos, políticos y sociales (North, 1990). La mayoría de los análisis económicos toman a un conjunto de leyes como dadas -es decir bien establecidas y funcionando adecuadamente-, pero para North un buen funcionamiento del mercado está en función de unas instituciones rotundas y claras.  Denzau y North (1994) aprecian que la persona no siempre sabe qué hacer y que no tiene claro cuál es su interés propio por lo que los incentivos monetarios no son suficientes para analizar el comportamiento si se omite considerar a las instituciones, como tampoco el estímulo del castigo y recompensa propuestos por Becker (1993).
Otro autor importante en esta materia es Hernando de Soto (2001) quien sostiene que una de las principales diferencias entre una economía vigorosa y otra deprimida es la capacidad de producir capital productivo. Para que una economía prospere debe incentivar el ahorro y para ello debe de cambiar el marco legal de tal forma que las personas respeten los derechos de propiedad sobre la tierra, la inversión y la innovación.

3. Papel de los stakeholders y la responsabilidad social corporativa.
Una de las propuestas más contundentes de la escuela liberal del pensamiento económico la hace Milton Friedman, quien sostiene que la única razón de existencia de la empresa es la maximización de beneficios económicos. Dicho argumento se basa en el paradigma tradicional utilitario por el que los individuos actúan buscando su propio beneficio, como hemos mencionado anteriormente. Freeman y Phillips (2002), desde la teoría de la administración estratégica, observan que en realidad la empresa no sólo atiende a los intereses de los accionistas sino a todas las partes legítimamente interesadas (o stakeholders) al momento de tomar una decisión. 
Bajo esta idea Freeman con Martin y Parmar (2007) proponen un capitalismo de stakeholders, en donde es necesaria la libertad y los derechos de propiedad para que la empresa logre crear valor a la comunidad, incluyendo a los accionistas. Así el actuar de la empresa no sólo se fija en la última línea del estado de resultados sino en el valor que percibe cada uno de los grupos de interés. Cabe resaltar que en las ideas de Freeman no se plantea la distribución del valor sino más bien en la creación del mismo.
Escudero (2010) lleva el pensamiento de Freeman un paso más allá y propone que para enriquecer la teoría de los stakeholders de debe de revisar la concepción del hombre planteada por el mismo Freeman y revisarla bajo de principios del bien común.
Dichas ideas se ven complementadas con el concepto de externalidades, que son consideradas como efectos a terceros al momento de producir, intercambiar y consumir un bien o servicio. La tesis de Adam Smith no toma en cuenta que los excesos en el consumo y en la producción de bienes y servicios pueden dañar a terceros. Puesto en otras palabras, existen personas que generan externalidades, o sea que trasladan los costos de consumo y de producción a otros. Por lo tanto, el proceso de maximización lleva a personas a obtener utilidades satisfactorias pero a costa de terceros, pues su decisión tiene efectos secundarios que se derraman a otra persona o a la sociedad misma, p.e. el medio ambiente. Se requiere monitorear y atender estas limitaciones de los mercados, que por sí solos no resuelven los problemas. La responsabilidad social corporativa precisamente pone énfasis en la libertad y responsabilidad de los actores de las empresas para asumir las consecuencias de sus acciones y prevenir este tipo de problemáticas.
 
4. Papel de la gratuidad en el mercado.
 
Un fenómeno real y bastante más común de lo que pudiéramos pensar en un primer momento es la existencia de comportamientos e intercambios genuinamente gratuitos. La encíclica Caritas in veritate de Benedicto XVI (2009) afirma el peso de la gratuidad en la economía y la “necesidad de dar forma y organización a las iniciativas económicas que, sin renunciar al beneficio, van más allá de la lógica del intercambio de cosas equivalentes y del lucro como fin en sí mismo”. Se propone abrir espacios en la economía a la gratuidad como una exigencia ética pero también -y antes- como un dato o factum del comportamiento humano, de la naturaleza humana. Sería un moralismo si el deber ser estuviera al margen del ser. De hecho hay evidencias abundantes de que el ser humano es “estúpidamente” generoso en su comportamiento económico y está dispuesto a sacrificar su beneficio en aras de la justicia. Sin duda hay elementos culturales que inciden en el modo de concebir y aplicar la “lógica” económica pero podemos afirmar que, más allá de la cultura, confluyen motivaciones altruistas y utilitaristas. Más aún, que la gratuidad, lejos de ser una traba o freno al desarrollo de un mercado eficiente, puede ser un motor de la economía impulsando no sólo iniciativas que hoy típicamente atienden organizaciones no gubernamentales sino estrictamente comerciales.
 
Conclusiones y reflexión final.
El paradigma clásico utilitarista representado en la búsqueda racional del propio interés nos parece una simplificación excesiva del comportamiento humano hasta el punto que resulta inapropiado. Es el momento de revisar el paradigma económico a partir de una antropología más adecuada como muchos economistas, desde diversas posiciones, aciertan a ver (cf. Skildeski, 2010).
En conclusión, el actuar del ser humano es muy complejo, tomando decisiones que no sólo maximizan la utilidad monetaria sino satisfactores de otra índole. En realidad el concepto original de utilidad de los economistas clásico era entendido en un sentido amplio de felicidad o satisfacción (Bonner, 1995). Una concepción del ser humano abierto a la trascendencia (no sólo en el plano religioso sino interpersonal) explica mejor el comportamiento humano que una concepción estrecha en que sólo tiene peso el interés material y que actúa con una racionalidad matemática. Como ya hemos visto, el ser humano busca dar un sentido a sus relaciones interpersonales en los que la justicia y el amor tienen un peso relevante.No negamos que haya una búsqueda del interés monetario pero es sólo uno entre otros factores que inciden en el comportamiento humano-económico y que, por ende, permiten fundamentar una adecuada teoría económica. Una mejor teoría económica, más verdadera, nos permitirá organizar mejor nuestra vida social. Con el presente trabajo hemos querido ofrecer algunas pistas para comprender mejor la complejidad del ser humano. Todas ellas apuntan a que la economía no tiene que ver con cosas sino con personas, con sus actos y el sentido o fin de lo que realizan (cf. von Mises, 1949). Por otra parte, como hemos mostrado más arriba, la forma en que operan los mercados es también bastante más compleja y no es válida la metáfora de la mano invisible, no hay una autorregulación eficiente; a fin de cuentas el “comportamiento” de los mercados depende del comportamiento humano.
Por todo ello tenemos que cuestionarnos si los modelos usados en economía, procedentes en su mayor parte de las ciencias físicas, son adecuados para dar cuenta de una realidad superior y más compleja como es lo relativo al comportamiento humano (Rubio de Urquía, 2004). La economía a fin de cuentas es una ciencia moral, no una ciencia natural (cf. Skildeski, 2010: 16). Se requiere por ello una revisión epistemológica como primer paso. Tarea ésta eminentemente filosófica y que las universidades tendrían que asumir como tarea propia. Tarea que implica la colaboración entre diversas disciplinas, entre expertos de diversos campos y que se ha de traducir en manuales para la enseñanza de la economía pero, sobre todo, en una enseñanza más crítica.Vale la pena aclarar que el propio Adam Smith fue un filósofo. Smith era catedrático de Lógica y filosofía moral en la universidad de Glasgow. A los 36 años, en 1759, publicó su “Teoría de los sentimientos morales” con gran éxito. En 1776 escribe “La riqueza de las naciones”. Pese a lo que muchos piensan, no consideró al ser humano como esencialmente egoísta y enfrentado con los demás -de hecho rechaza la postura hobbesiana- sino como poseedor en su interior otra tendencia altruista a la que denomina el sentimiento moral. Su concepción ético-antropológica podríamos calificarla de utilitarista.
Sin duda hay elementos de verdad en la ciencia económica tal como hoy se enseña. Sin embargo nos parece que a la teoría económica vigente -que tiene como centro el intercambio- hay que enriquecerla con una mejor teoría sociológica y psicológica en la que los seres humanos tienen ideas sobre lo justo e injusto (cf. Akerlof y Shiller, 2009: 49-50). Las motivaciones de lucro no son las únicas que inciden relevantemente en la acción económica. Pero no pretendemos establecer un paradigma moralista. Una adecuada teoría económica, que responda a la verdad del ser humano, es al mismo tiempo un camino hacia la realización ética del ser humano. La verdad ética descansa en la verdad antropológica. El deber ser está fundado en el ser (Beuchot 2004), pese a las críticas de G.E. Moore y otros autores de una supuesta falacia naturalista. El capitalismo asumido según el paradigma tradicional es rechazable éticamente no tanto porque promueva el lucro desmedido -de hecho es discutible que lo promueva, al menos el capitalismo en todas sus formas- sino porque no es verdad que el afán de lucro sea el motor explicativo de la conducta económica. La pregunta por lo bueno está ligada a la pregunta por la verdad; están mutuamente implicadas. Y esta pregunta es la que en las universidades, particularmente las que seguimos la tradición cristiana, tenemos que hacernos en lugar de ser correa de transmisión de los paradigmas dominantes. No olvidemos que el cristianismo pretende ser una inteligencia global y radical de la realidad y por ende no puede omitir una inteligencia de la actividad económica. Nada de lo humano le es ajeno, parafraseando a Terencio.
En este artículo no hemos pretendido exponer la visión antropológica cristiana del ser humano, o cómo enseñarla, sino acercarnos fenomenológicamente al comportamiento humano a la luz de la razón y apuntar hacia algunos elementos que sirvan para desarrollar un nuevo paradigma o teoría del comportamiento humano en la economía. Al desarrollar un mejor paradigma estaremos preparando el terreno para el anuncio del evangelio. Nos parece que actualmente los estudiantes de ciencias económicas y administrativas asimilan la concepción antropológica utilitarista que subyace al paradigma dominante lo cual obstaculiza la aceptación de la concepción cristiana del ser humano. Si enseñamos un nuevo paradigma que responda mejor a la verdad del hombre, a la luz de la razón, no habrá tanta dificultad en aceptar la verdad del ser humano, a la luz de la fe. Para ello es necesario dialogar y construir a partir de los elementos de verdad que podemos encontrar en los hallazgos y reflexiones de diversos autores. La fe aporta una inteligencia superior del comportamiento humano pero la razón sola puede alcanzar un cierto grado de verdad y -lo que es más importante- facilitar u obstaculizar la comprensión más plena de la verdad que da la revelación. Los docentes, particularmente los católicos, deben ser críticos para reconocer y juzgar los supuestos y paradigmas subyacentes de las teorías en uso y discernir los elementos de verdad rechazando las explicaciones insuficientes. En vez de repetir acríticamente la última o penúltima teoría en boga, hemos de dialogar y acoger la verdad, allá donde esté. Esto no es otra cosa que pre-evangelizar la cultura.
 
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