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Ciencia ¿y? Fe

Por Arturo Mota Rodríguez, profesor de tiempo completo

 Uno de los problemas contemporáneos que ha despertado un interés especial por parte de académicos científicos, filósofos y teólogos, es el de la relación entre Ciencia y Fe, sobretodo porque se ha generado un imaginario según el cual la Fe y la Ciencia se ocupan de asuntos completamente ajenos, incluso opuestos, pues en sus enunciados aparecen términos que parecen  manifestar tal oposición, como trascendente (fe) e inmanente (ciencia), subjetivo (fe) y objetivo (ciencia).

Sin embargo, tal relación no siempre sugirió un problema. En efecto, el pensamiento griego antiguo,  al que debemos un modo de explicación de la realidad, distinto al mito, articuló un procedimiento estrictamente racional que permitía “dar razón” de las cosas, lo que incluía, como en el caso de Aristóteles, hacer distinciones esenciales entre las mismas y clasificarlas de acuerdo con criterios específicos, esto es, una etiología, muy usada en ciencias contemporáneas, como la biología, la física o la psicología. La etiología implica una explicación causal de los fenómenos que ocurren, en tal suerte que podemos agrupar una serie de fenómenos teniendo como referente una misma causa que los explica, lo que, por ejemplo, permite al médico diagnosticar, en razón de los efectos que aprecia, la causa de una enfermedad, y procurar el tratamiento que la sana. Ahora bien, tomando la etiología en un sentido más amplio, es posible vislumbrar una causa más general de la realidad, y así, Aristóteles propuso que una realidad divina podía tomarse como causa que explica el cambio o movimiento de todas las cosas que existen en el mundo. De ahí la noción más tradicional de ciencia: “conocimiento cierto de las cosas por sus causas”, y por lo mismo, la explicación causal no era opuesta a admitir una causa última y hasta divina del mundo.

Más adelante, el pensamiento judeo-cristiano incorporó a occidente una idea radicalmente innovadora, la idea de un Dios creador. Esta idea sugería que un Dios único creó el mundo sin tener referente alguno previo. Igualmente esta idea implicaba que debía existir una relación entre el Creador y su creatura, misma que se expresaba ya en textos que podían ser leídos, y que exigían ser comprendidos y respetados en sus contenidos, pero que carecían de explicación precisa de la naturaleza de las cosas. El cristianismo añadió una idea más especial, la del “amor al prójimo”. Es una idea simple pero muy sugerente, por sus alcances más allá de la palabra, de mayor universalidad y amplitud de contenido, pero, al mismo tiempo, imprecisa en su orden práctico; de ahí que los primeros cristianos, que comenzaron un diálogo con los pensadores de su tiempo, se enfrentaron a un doble problema: primero, explicar cómo debía vivirse el amor en la vida social, política, económica, cultural, etc. (v. gr. San Pablo y San Agustín de Hipona); segundo, generar una explicación racionalmente aceptable sobre la naturaleza del hombre y la naturaleza del mundo, sin contradecir lo expuesto en los textos bíblicos (v. gr. San Basilio, Clemente de Alejandría, Orígenes, Boecio, etc.).

A este respecto es ineluctable enunciar el quehacer de San Alberto Magno, el que fuera maestro y tutor de Tomás de Aquino. Hombre de su tiempo (s. XIII), San Alberto buscó nuevos modos de explicación de la naturaleza de las cosas, más allá de las herramientas estrictamente especulativas, propias de la filosofía. Recuperando la idea aristotélica de una etiología como criterio científico de conocimiento, San Alberto incorporó la observación y la descripción para establecer nuevos parámetros de explicación causal, que permitieron el ejercicio de la  clasificación, y así, por ejemplo, concluyó nuevas propiedades que ayudaban al conocimiento de los animales, como la simetría, y el conocimiento de nuevos minerales, como el arsénico. Sin renunciar a los principios orientadores de la fe cristiana, San Alberto fue capaz de desarrollar un saber con herramientas independientes, pero en relación armónica.

Fue en el siglo XVI, especialmente con la figura de Galileo, en que aparece un ímpetu por desarrollar nuevos métodos de conocimiento de la realidad, independientes de las especulaciones filosóficas y teológicas. Los avances de Galileo y las conclusiones a las que llegó, parecían contradecir algunos principios enunciados en las Sagradas Escrituras, fuente de la fe cristiana. Con ello comenzó a conformarse el imaginario de que la Ciencia debía proceder con absoluto rigor racional para obtener conclusiones objetivas, que pudieran afirmarse con total independencia de las creencias, convicciones o sentimientos religiosos personales. Al parecer se suscitó un doble error: la creencia de que la lectura literal de las Sagradas Escrituras exigía un modelo científico que no contradijera tal literalidad; y la creencia de que la Ciencia debía proceder con absoluta independencia de cualquier saber teológico o metafísico, creencia reforzada también por movimientos intelectuales como el Positivismo francés de A. Comte (s. XVIII) y el positivismo lógico (s. XX), que reducía la verdad de las proposiciones científicas a la verificación empírica. Es la convicción que prevaleció y fortaleció una perspectiva de la ciencia como atea.

Actualmente existen esfuerzos por mostrar que entre Ciencia y Fe es posible una relación, no necesariamente de oposición; que el saber que proporciona la Fe admite principios científicos compatibles. Por ejemplo, en lo que respecta a la evolución biológica (conclusión científica), no existe una oposición con el relato bíblico del Génesis sobre la creación del hombre, propuesta desarrollada ampliamente en los trabajos del P. Theilhard de Chardin, SJ; o que, en torno al mismo tema, la perspectiva teológica cristiana de la historia implica una comprensión lineal del tiempo, misma que es afirmada por la perspectiva evolucionista de la biología, comentada también por el científico Dr. Antonio Lazcano Araujo en sus trabajos de biología sobre el origen de la vida.

En América Latina es sobre todo necesario avanzar en el replanteamiento de ese imaginario de oposición entre Ciencia y Fe. Debemos admitir, pues, una independencia de saberes entre la Ciencia y la Fe; pero debemos igualmente procurar, con una actitud crítica y rigurosa, la búsqueda de diálogo inteligente entre estos saberes. La ganancia es importante, y es ya expuesta por un importante teólogo francés, Henri de Lubac, en su texto “el drama del humanismo ateo”, y en una importante Carta Encíclica de Juan Pablo II (Fides et Ratio): la Fe puede humanizar el quehacer científico, y la Ciencia puede coadyuvar, con la Filosofía, en el refinamiento de la Fe. De ello parece depender una mejor comprensión de la realidad, y la generación de mejores políticas y cursos de acción, más humanos, para orientar verdaderamente nuestros esfuerzos en el cumplimiento de las expectativas de desarrollo que nos piden la Dignidad de la Persona, la Justicia, y el Bien Común.

  • La Facultad de Filosofía de nuestra Universidad recibió el pasado mayo a 60 participantes de diversas Universidades en el Seminario Interinstitucional Ciencia y Fe, convocado por siete  instituciones de educación superior. La Conferencia Magistral “Galileo y la condena del saber: una bifurcación de la ciencia y la fe” fue impartida por el M.C. Rafael Martínez Enríquez. El evento continuó con la participación del Dr. Alexandre de Pomposo con el tema “La evolución en el sentido fuerte.  Bergson y lo que mueve a los científicos”, el Lic. Jorge Piedad Sánchez quien habló sobre la explicación de la creación desde la mitología semítica para posteriormente dar paso a la exposición, “Creacionismo y Evolucionismo, una perspectiva teológica” a cargo del Lic. Daniel García Chavarín.
  • En su objetivo de formar profesionales con sentido crítico, alto nivel de madurez de pensamiento y gran interés por la investigación y divulgación del conocimiento, la Facultad de Filosofía de nuestra Universidad oferta la Maestría y Doctorado en Filosofía, el Doctorado en Filosofía del Derecho, además de diversos cursos y diplomados.
  1. Rodolfo Plata
    diciembre 12, 2011 a las 7:21 pm

    JAQUE MATE A LA DOCTRINA JUDAIZANTE DE LA IGLESIA. El análisis racional de los elementos que integran la triada pre teológica, nos permite: ___criticar objetivamente el profetismo judío y la cristología de San Pablo, que estructuran la doctrina judaizante de la Iglesia; visualizar nítidamente que el profetismo judío es opuesto a las enseñanzas de Cristo; visualizar la omisión capital que cometió Pablo en sus epístolas al mutilar al cristianismo de la doctrina más importante para la humanidad. Desechando la prueba viviente de la trascendencia humana patente en Cristo, que se alcanza practicando las virtudes opuestas a nuestros defectos hasta adquirir el perfil de humanidad perfecta (cero defectos). Disciplina que nos da acceso a los contenidos meta concientes, y potencialidades del espíritu__ Y la urgente necesidad de formular un cristianismo laico enmarcado en la doctrina y la teoría de la trascendencia humana (sustentada por filósofos y místicos, y su veracidad comprobada por la trascendencia humana de Cristo); a fin de afrontar con éxito: “el ateismo, el islamismo, el judaísmo, el nihilismo, la nueva Era y la modernidad”, que amenazan con sofocar al cristianismo .http://es.scribd.com/doc/73946749/Jaque-Mate-a-La-Doctrina-Judaizante-de-La-Iglesia

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