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El complejo mundo de las adicciones

Por Julieta Vélez. Profesora de la Escuela de Psicología y coordinadora del Proyecto Domecq de investigación sobre juventud y adicciones.

Muchas veces pensamos que la vida es muy dolorosa, pero justo eso es lo que hace que puedas conocer el disfrute, la diversión, el placer y todo aquello que no implica dolor; puesto que si no vives el dolor jamás podrás reconocer sus grandes opuestos que implican, por supuesto, ¡vivir plenamente! Este pensamiento ejemplifica de manera clara no sólo lo que se vive en las adicciones sino también lo que se tiene que reconocer para salir de ellas.

Podemos empezar por explicar la primera parte de la frase: “la vida es muy dolorosa”. Este pensamiento deriva de aquellas experiencias personales negativas que no se han podido decir, reconocer y mucho menos aceptar. De ahí que podemos entender la palabra a—dicción como lo que no se ha dicho, y posteriormente convertido en lo que no se puede decir, ya que se ha rellenado de alcohol, drogas, apuestas, compras compulsivas, restricción, purgas, o comer compulsivo, por mencionar algunas de las adicciones más comunes, que traen consigo el perder la posibilidad de reconocer el problema inicial, aquello que no se ha dicho, e incluso creer que de esa manera se está diciendo o expresando.

Esto nos habla de un punto de partida muy complejo, ya que se empieza sufriendo, a lo que sigue abrir una puerta falsa que es la adicción y que promete calmar ese sufrir. Pero como en toda adicción, ese es el gran engaño, ya que al inicio se cree, por la euforia, que se ha dejado de sufrir, pero pronto esa fase eufórica se pierde y se vuelve a sentir sufrimiento. Esto, por fortuna, hace que algunos se den cuenta de la situación crítica y de que tienen que abordar, tratar y elaborar ese sufrimiento, o, de lo contrario, podrán hacerse un gran daño con esa conducta adictiva.

Lo más terrible es que para otros esa no es la salida, sino un mayor consumo de la droga o más conductas adictivas que vuelven a sumergir ese sufrimiento a lo más hondo para evitar sentirlo, cayendo en un círculo interminable que comienza pequeño y al pasar del tiempo con las mismas conductas se va haciendo más grande, para convertirse en un círculo vicioso del que difícilmente se puede salir sin ayuda.

¿Qué factores llevan a una adicción?

Seguramente te estarás preguntando: ¿qué hace que unos puedan detenerse a tiempo o incluso nunca entrar y que otros entren por completo hasta perder el control? La respuesta a esta pregunta no es fácil debido que su contenido se encuentra en causas multifactoriales, lo que significa que es una enfermedad que tiene influencia biopsicosocial. Esto quiere decir que los factores genéticos, biológicos, psicológicos y de personalidad, socioculturales y familiares, interaccionan en un multisistema produciendo predisposición a la adicción o no.

Tomando esto en cuenta tenemos una respuesta: quienes logran salir o nunca entran a la adicción no tienen factores predisponentes, y los que entran y no pueden salir hasta que la enfermedad sea tratada, no sólo tienen dichos factores, sino que con la exposición a un factor desencadenante se conjunta esta gran autobomba tan dañina.

En el cuerpo existen unas sustancias químicas naturales llamadas neurotransmisores, responsables de las actividades cerebrales y mediadoras del estado de ánimo. Los estados de excitación extrema como emociones fuertes afectan a los neurotransmisores, por lo que el cerebro los produce en exceso o no. Las drogas y el alcohol tienen un efecto directo sobre dichas sustancias, provocando reacciones de emoción forzadas hasta depresiones inmensas a su consumo. Debido al abuso de estas sustancias, se pueden ocasionar grandes daños no sólo a la larga, pues existen drogas que en una sola exposición pueden provocar hasta la muerte.

De igual manera existen factores de personalidad que también desempeñan su papel en la adicción. Estos son la baja tolerancia a la frustración y la dificultad para lidiar con los propios sentimientos. El segundo es de fácil entendimiento y va de la mano con el primero, debido a que para poder lidiar con los sentimientos, sobre todo los que nos causan un malestar, displacer o dolor, se tiene que tolerar la frustración que éstos provocan. Casos recurrentes de esta situación son, por ejemplo: tolerar la frustración y el dolor de que mis padres no me escuchen o no me entiendan, que no puedo tener todo lo que quiero, un mal día, un mal momento, una discusión, una pelea, una gran carga de trabajo, no saber que decidir, una mala calificación, tolerar y vivir el duelo de la terminación de una relación amorosa, etc. En definitiva, hechos cotidianos.

En cuanto a los factores familiares, se van generando patrones disfuncionales en la  interacción de sus miembros que forman factores predisponentes en el individuo, lo que dificulta incluso que la familia pueda actuar una vez instalado el desorden, eliminando la posibilidad de contención y prevención para la aparición de la adicción en este individuo o en aún más miembros de la familia, como ocurre en las familias más disfuncionales.

Una vez presentado un breve panorama de las adicciones y en específico de los criterios diagnósticos de las sustancias adictivas, regresemos al punto antes mencionado de la autobomba. ¿Por qué no sólo bomba? La adicción siempre va autodirigida en su inicio. A la larga sabemos que en su desarrollo y evolución comienza a dañar a los demás miembros del círculo familiar y social del enfermo, pero principalmente ésta es una enfermedad que daña hasta poder matar al enfermo con las consecuencias de sus propias conductas. Esto no quiere decir entonces que el enfermo se puede curar solo, decirlo sería no haber entendido la múltiple causalidad que provoca esta terrible enfermedad.

Para finalizar este muy pequeño viaje por algunas de las causales de la adicción retomaremos la segunda parte de la frase inicial: “pero justo eso es lo que hace que puedas conocer el disfrute, la diversión, el placer y todo aquello que no implica dolor, puesto que si no vives el dolor jamás podrás reconocer sus grandes opuestos que implican, por supuesto, ¡vivir plenamente!”. Esta parte conlleva a una gran autorreflexión: ¿te conoces?, ¿conoces tus sufrimientos más profundos?, ¿los sabes manejar?, ¿disfrutas de un muy buen momento, después de haber sobrepasado uno muy malo?, o, ¿estás idealizando la vida creyendo que nunca más vas a sufrir o sentir dolor de cualquier tipo? Contestar esta última con un sí, justamente te llevaría a vivir en la irrealidad, ya que en tu vida, reitero, para poder reconocer el bienestar tuviste que haber sentido algún tipo de malestar.

Una de las claves para vivir es reconocer y aprender de ambos “estares”: el bien y el mal. Si contestas a las demás preguntas con un gran no, es buen momento para conocerte.

Categorías:Psicología
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