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Algunos panoramas festivos del color: La piñata

Por Paulina Angélica Rivera Bañuelos, egresada de Diseño Gráfico

Una de las manifestaciones plásticas y festivas que reflejan la cultura mexicana son, sin duda alguna, las piñatas, cuya elaboración es una muestra de la identidad y las tradiciones de los grupos sociales que las fabrican. México es un país que presenta una variedad de artesanías de múltiples orígenes, brillando en diversidad de colores y formas sin temer a deshacer combinaciones.[1]

Las piñatas son permeadas por la alegría de las fiestas, desde la elaboración hasta la exhibición de sus modelos, las connotaciones a la algarabía y la emoción se hacen patentes en variados tamaños y materiales. Tanto las piñatas de tamaños monumentales, como las que se cuelgan en los espejos retrovisores, son mistificadas en un sistema comercial y totémico donde la felicidad y la agitación son los principales sentimientos.[2] Las piñatas al ser introducidas en un lugar de exhibición, no importa el momento, crean un contexto lúdico de felicidad y festividad, su presencia es sinónimo de conmemoraciones y tradiciones donde no hay lugar para la tristeza. El colorido que las rodea no tiene que combinar necesariamente con la policromía del entorno, esa es la personalidad del mexicano y la piñata. Existe la necesidad de saturación para llenar el ambiente, donde pueden romperse paradigmas en torno a las armonías del color.

La profusión de elementos como el enchinado de papel, los conos metálicos, las tiras colgantes en  las diferentes versiones con tres y sietes “picos” y las personificaciones derivadas de caricaturas e historietas norteamericanas ejemplifican esa “esencia de las piñatas”. Un enlace con la creatividad, los referentes visuales y la técnica de los artesanos, siendo el arte popular mexicano su clasificación por antonomasia.

La concepción del color en la construcción de las piñatas se observa en discursos estridentes, los ornatos muestran diferentes propuestas formales y cromáticas que armonizan los momentos y los ambientes. Pero ¿qué pasa con el color? ¿Qué gustos o prejuicios influyen para que un matiz u otro, o la mezcla de varios sean utilizados? ¿Es acaso la convivencia con la naturaleza, la costumbre o la abundancia de materias primas? ¿Son las tendencias del mercado? Sin duda es la combinación de todos estos factores.

Aunque el color refiere a múltiples significados, teorías físicas y fisiológicas, la versión cromática manifestada en las piñatas responde más a gustos personales y al teñido de los materiales que se ocupan para su elaboración. Jean Baudrillard comenta al respecto:

Tradicionalmente, el color está cargado de alusiones psicológicas y morales. Le gusta a uno un determinado color, tiene uno su color. O bien es algo impuesto: sobre el acontecimiento, la ceremonia, el papel social. O también es el atributo de una materia, de la madera, el cuero, la tela, el papel.[3]

En este sentido, el color en las piñatas responde a las variantes tonales de los papeles mates, brillantes y hasta metálicos que la decoran. No obstante, tales matices, en diferentes combinaciones, representan en sí a las mismas celebraciones, como las posadas y los cumpleaños, festividades: que se muestran con estilos y gustos monocromáticos y polícromos. Soluciones plásticas sujetas a las propuestas por los artesanos.[4]

María Castelló Yturbide señala que la pasión del mexicano hacia el color se plasma en sus trabajos “artísticos”, menciona además que al utilizar diversos matices se produce “un deleite a la vista”. Una realidad plástica, que se deriva simplemente del hábito de contraponer los colores, un gusto del autor que interesa a los diferentes consumidores.[5]

Esta idea de María Castelló Yturbide se observa además en las propuestas cromáticas de las piñatas, cuyos tonos no refieren a las teorías de Schopenhauer, Newton o Johannes Itten,[6] sino a una simple razón de “verse bien”; las propuestas creativas de los artesanos y las demandas del mercado parecen “pedir cada vez más color”.[7]

El color es un lenguaje propio, la imaginación cromática de los artesanos que fabrican y venden las piñatas proponen una y otra vez combinaciones. Sobre todo en el caso de los modelos de “picos”, cuyas variantes formales y de escala parecen no importar. No así las propuestas basadas en contrastes complementarios y análogos, mates y brillantes, lisos y rugosos que suelen verse pendiendo de los comercios.[8]

Este fenómeno no se observa en los personajes bien reconocidos en el mercado, que recuerdan a los protagonistas de series y cómics para niños y adolescentes, como Bob Esponja, Tarzán, Barnie, Batman, Spiderman, Superman, Dora la exploradora, entre otros. Modelos en los que se procura conservar las propuestas originales del color, no tanto sus proporciones que se ajustan a tañamos reducidos para su mayor movilidad en las cuerdas que las sostienen.

Contribuye a la reflexión anterior la idea de Mariana Yampolsky, quien sugiere en su artículo “Color pide color”, que la naturaleza del lenguaje cromático en las artesanías mantiene una “correspondencia con las plantas, animales y minerales”.[9] Siendo estos referentes visuales los que proyectan los artesanos en los objetos fabricados, como las piñatas.

Tal es el caso del amarillo de las flores y del rojo de algunas aves visto en las barbillas y los conos de las piñatas. La imitación de los matices es prueba de estas aplicaciones del color, siendo éste un fenómeno sujeto también a la apariencia de los personajes televisivos, que pertenecen a esa cultura visual de los artesanos. Los condicionamientos en el uso del color no tienen en este caso variantes interpretativas, sólo se reproduce lo que se ve, como el azul de superman, el rojo de spiderman y el amarillo de Bob esponja.

Las referencias que ofrecen los medios electrónicos e impresos como la televisión y las historietas forman parte también de estas “correspondencias” de las que habla Maria Yampolsky. Aunque no directamente de la fauna y flora circundantes, sí de un entorno social como los programas infantiles y los cómics “de autor”;[10] Fuentes que retroalimentan continuamente a los artesanos, quienes esperan la popularidad de un personaje para visualizarlo en una piñata, una manera de asegurar su venta.

Las piñatas representan, además de una respuesta creativa de los artesanos, una tradición de carácter espiritual, cuyo origen se remonta al siglo XVI, cuando este objeto se utilizó como instrumento de evangelización. Luego de la conquista española, los frailes llamaban a los indígenas para mostrarles pasajes bíblicos a través de puestas en escena, la piñata se usaba para ilustrar ciertos el enfrentamiento de la “fe ciega” contra “el mal”.[11] La estructura de este objeto presentaba una olla de barro y conos adosados que aludían a los siete pecados capitales, su policromía debió resaltar de entre la arquitectura de los conventos y los huipiles algo oscurecidos por el polvo del ambiente.

Este simbolismo de la piñata, implicado en diferentes momentos históricos y celebraciones modernas, bien representa lo que Gilles Lipovetsky llama “lujo primitivo”.

Lo que caracteriza a la forma primitiva del lujo es la dádiva en el intercambio ceremonial, el espíritu de munificencia, y no la acumulación de bienes de gran valor… todo los acontecimientos importantes de la vida social se acompañan de ofrendas ceremoniales, de intercambios de presentes, de distribución de bienes… La estima social y los rangos prestigiosos se ganan a golpe de obsequios… [12]

De esta manera la importancia de la piñata radica no sólo del valor material de los objetos, sino del sistema de relaciones humanas sucedidas en torno a un instrumento mistificado, comúnmente en una conmemoración. “El lujo primitivo” representa una serie de festejos que realiza un grupo social, en este caso la piñata es parte de esta ambientación, sobre todo en el mes de diciembre.

Esta idea de Gilles Lipovetsky no es relativa sólo a los momentos del quiebre de la piñata, ya que fuera de estos instantes, el “lujo primitivo” refiere al tiempo de la compra; ir al mercado, escoger, comprar y romper una piñata son actividades que corresponden a esa idea. Siendo la letanía, el vendaje de ojos y los dulces y juguetes recibidos parte de ese sistema de intercambio espiritual y material de las piñatas.

La argumentación del “lujo primitivo” no refiere a lo que se conoce comúnmente como lujo, un aspecto que alude al valor monetario de las artesanías, sino a un aspecto de participación. Las piñatas se han vuelto fundamentales en las celebraciones mexicanas ya que representan el carácter del festejo. Esto significa que las piñata no son parte de las subsistencia básica, simplemente son parte de la puesta en escena de los festejos, para muchos niños mexicanos no hay cumpleaños sin piñata.

Ahora bien, las piñatas, también fabricadas como objetos de contemplación, son parte de un sistema más complejo, donde importa el escaparte y la exhibición.[13] El lugar en donde se muestra a la piñata, pudiera ser el lugar donde se esté vendiendo, determina el precio y el uso. Como en los mercados, en cuyos negocios se cuelgan las piñatas en estructuras cuadrangulares de metal, clasificándolas por tamaños y por precios, algunas de éstas con tiras desprendibles de las puntas para luego ser ensambladas y así evitar el maltrato.

El uso de las piñatas se observa también desde principios de siglo XX, cuando se publicaron en el periódico El Universal algunos artículos relativos a las tradiciones decembrinas en la ciudad de México.[14] En las fotografías adjuntas a estos textos se observan varias piñatas en forma de animales, como elefantes y borregos, resaltándose la rectitud de sus partes por la técnica. Estas piñatas recuerdan parte de la fauna en México y la tradición del circo, esto por las figuras de elefantes que vemos en las imágenes.[15]

No obstante, algunos reporteros de El Universal como Zigomar mencionaban que la penetración norteamericana de la época propició otros modelos de piñatas, como las de Charlie Chapiln, entonces actor del cine mudo.[16] Tales fenómenos de intercambio y adaptación cultural son similares a los vistos en las figuras de Batman, Hulk, entre otros.

Otras de estas fotografías mostraban cómo las piñatas eran el centro de diferentes miradas y reuniones, no faltando la ocasión para lucir diversos elementos, admirar la decoración y adornarse mediante el uso de éstos.[17] La piñata es uno de esos objetos que invita a la vecindad y a la reciprocidad, espacios sociales en donde se organizan por edades para llevar a cabo las celebraciones.

Tanto en fiestas infantiles como en posadas, las piñatas refieren a múltiples códigos ceremoniales. Este simbolismo parte de la banda para tapar los ojos, el palo para romper la piñata y los cánticos que se entonan, sin embargo los dulces, las frutas y los juguetes caen al piso en una especie de “dádivas”, un ciclo de “orden colectivo” que los individuos consideran para reafirmar su pertenencia a un grupo social y a un momento espiritual.[18] Algunos de estos objetos, mistificados por el momento, incluyen a variadas marcas, ya permeadas por esos rituales en donde se fetichizó a la piñata como un objeto de sacrificio.

La importancia de la piñata no radica tanto en lo que contiene, sino en el contexto ceremonial, donde son presentadas para marcar un momento de unión en el transcurso de las fiestas. Cuando se quiebra una piñata no se espera obtener todo lo que viene dentro, porque los individuos que la dirigen, desde los extremos, la sacuden fuertemente para el gozo de todos.

Estos entornos sociales son explicados por Jean Baudrillard cuando menciona “el aspecto organizacional de los ambientes”. La colocación de la piñata en el patio o de la calle y la decoración con múltiples faroles de papel representa lo que él denomina como “imperativo cultural de ambiente”, un modelo cultural que justifica los diferentes ritos y colores de una puesta en escena como éstas.[19]

La piñata tiene un sentido ritual y estético de gran importancia, ya que en lugares como la plaza de la Constitución y La Alameda, en el centro de la ciudad de México, se adorna los principales edificios, una muestra del tiempo que se está festejando. Las piñatas, hechas de estructuras metálicas, son adosadas a las fachadas mostrando un discurso luminoso que alude a las superficies policromadas del papel china y otros acabados brillantes.

La dinámica comercial que siguió la figura de la piñata se vio reflejada en otros espacios más bien virtuales, siendo un claro ejemplo ciertos videojuegos del X-Box 360. En tales programas se observa cómo en Viva Piñata, título del juego, aparecen más de 60 tipos de piñatas en forma de animales llenos de colorido; las transformaciones de los personajes en tamaños y actividades son el propósito secuencial del juego. Estos animales aparecen estereotipados con estilos que aluden a “lo mexicano”, el humor y el discurso cromático son parte de sus acepciones, recordando en parte la tradición de los alebrijes. Es conveniente resaltar el efecto visual de las texturas que, a pesar de ser medios electrónicos, no pierden su detalle.

De cualquier forma la vida mexicana es destacada por la alegría y la ausencia de temor al color. El humor resalta aún en la policromía. El mexicano es capaz de mostrar su personalidad por medio de los constantes festejos en los que se desenvuelve y donde las piñatas no pueden faltar.

La piñata, en definitiva, forma parte del carácter mexicano y la pasión por vivir festejando cada momento, la alegría corre por la sangre. El color siempre lloverá dentro de su vida y la historia que lleva su tradición. Por su parte, las piñatas seguirán brillando al ir avanzando con el pueblo, la sociedad y la tecnología, llenando de color el entorno y el ambiente donde se exhiben.

Fuentes de consulta

Arnheim, Rudolf, Arte y percepción visual, trad. de María Luisa Balseiro, Barcelona, Alianza, 2001

Baudrillard, Jean, El sistema de los objetos, trad. de Francisco González Aramburu, México, Siglo XXI, 1969

García Canclini, Néstor, Culturas populares en el capitalismo, México, Grijalbo, 2007

Rocha, Arturo, Virtud de México. El valor de la tradición, México, Porrúa, 2006

Echeverría Zuno, María Esther, México artesanía identidades mexicanas, México, Tabacalerea, 1992

Castelló Yturbide, Teresa, “El color en la comida y otras curiosidades”, en El color en el arte mexicano, México, UNAM-IIE, 2003

Mariana Yampolsky, “El color pide color”, en El color en el arte mexicano, México, UNAM-IIE, 2003

Eulalio Ferrer, Los lenguajes del color, 2 reimp., México, FCE, 2000

Daniel Barbieri, Los lenguajes del cómic, trad. de Juan Carlos Gentile Vitale, Barcelona, Paidós, 1993

Grusinsky Serge, La colonización de lo imaginario. Sociedades indígenas u occidentalización en el México español. Siglos XVI-XVIII, trad. de Jorge Ferreiro, México, FCE, 1993

Lipovetsky Gilles, Roux Elyette, El lujo eterno. De la era de lo sagrado al tiempo de las marcas, trad. de Rosa Alapont, Barcelona, Anagrama, 2004


[1] María Esther Echeverría, México artesanía identidades mexicanas, México, Tabacalera, 1992, pp.11-20.

[2] La palabra piñata se deriva del italiano pignatta que significa olla. Este término proviene además del latín pinea que refiere a la piña de árboles como el pino. Arturo Rocha, Virtud de México. El valor de la tradición, México, Porrúa, 2006, Pp.67-77.

[3] Jean Baudrillard, El sistema de los objetos, Madrid, Siglo XXI, 1969, pág. 31

[4] María Esther Echeverría Zuno, Op. cit.

[5] Teresa Castelló Yturbide, “El color en la comida y otras curiosidades”, en El color en el arte mexicano, México, UNAM-IIE, 2003, 275-263 pp.

[6] Rodolf Arheim, Arte y percepción visual, Madrid, Alianza, 2001, pág. 331

[7] Mariana Yampolsky, “El color pide color”, en El color en el arte mexicano, México, UNAM-IIE, pág. 257

[8] Eulalio Ferrer, Los lenguajes del color, México, FCE, 2000, pág. 75

[9] Mariana Yampolsky, Op. cit.

[10] Daniel Barbieri, Los lenguajes del cómic, Barcelona, Paidós, 1993 pág. 77

[11] Serge Grusinsky, La colonización de lo imaginario. Sociedades indígenas y occidentalización en el México español. Siglos XVI-XVIII, México, FCE, 1993, pág. 41

[12] Gilles Lipovetsky, El lujo eterno, Barcelona, Anagrama, 2004, Pp.21-24.

[13] Néstor García Canclini, Culturas populares en el capitalismo, México, Grijalbo, 1982, pp. 31-40.

[14] Zigomar, “La filosofía de los puestos”, en El Universal, 22 de diciembre de 1921, pág. 9

[15] Hugo Hiriart, Circo callejero, México, Fototeca Nacional del INAH-ERA-CONACULTA, 2002, 24-28 pp.

[16] Zigomar, “La filosofía de los puestos”, en El Universal, 22 de diciembre de 1921, pág. 9

[17] Gilles Lipovetsky, Op. cit.

[18] Ídem.

[19] Jean Baudrillard, El sistema de los objetos, México, Siglo XXI, 1969, pág. 26.

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