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En los brazos de una madre

En el desembarco de Normandía, el famoso día D que probablemente marcó el inicio del fin de la segunda guerra mundial, según narran numerosos testigos, era común que aquellos soldados de uno y otro bando que caían fruto de las balas y las bombas, en sus últimos momentos de vida llamaban a sus madres repetidas veces, con la esperanza de encontrar la protección necesaria ante el momento inminente de la partida. Una sola palabra era pronunciada por aquellos labios que no tardaban en cerrarse para siempre en este mundo, ¡mamá…!

No creo que a nadie le extrañe lo que refiero. Si sabemos que en su seno es donde recibimos la vida, si son ellas las que nos dan a luz, las que nos cobijan bajo su cuidado durante nuestra niñez, las que procuran nuestro alimento, la ropa que vestimos y nos dan sin recompensa el amor que nos consuela tantas veces a lo largo de toda la vida, ¿a quién le extrañaría que en el último suspiro sean ellas, las mamás, las más solicitadas?

En ningún lugar de este planeta nos sentimos tan seguros, como en las manos de nuestra propia madre. Yo viví esto, como testigo, dos veces recientemente.

Me pidieron, casualmente en un hospital, si podía atender a una joven ya en fase terminal, de poco más de treinta años, casada y con hijos. Fue su mamá la que me encontró en un pasillo y gustoso accedí a su petición en cuanto atendiera una persona que me esperaba precedentemente.

Al acercarme a la cama donde la enferma permanecía insconsciente, intenté hablarle al oído como siempre hago, susurrándole palabras amables de la misericordia de Dios, justo antes de darle la absolución sacramental y la santa unción. Pero en esta ocasión, ella estaba volteada hacia el otro lado, así que cuando su mamá vio mi gesto, me preguntó si deseaba decirle algo. Le comenté mi intención y ante mi asombro fue ella, más cerca que un servidor, la que acercándose a centímetros de su hija le hablaba palabras de consuelo y de amor.

No pude memorizar las cantidad de cosas que le dijo “hija de mi vida, mi amor, tesoro mío” y otras expresiones cariñosas que antecedían el mensaje central: un sacerdote está aquí para darte el perdón de Dios y la santa unción, y terminaba con nuevas palabras dulces, “tú que eres tan buena, tan preciosa, etc…” El repertorio amoroso con su hija no parecía tener fin y reconozco que mi pobre imaginación se habría agotado con tres conceptos a lo mucho. Lo único que hice yo es muy simple: absolución, indulgencia plenaria en peligro de muerte inminente y santa unción. Todo lo demás lo hizo su mamá.

En los brazos de su madre, una hija terminaba su andadura por este mundo, y en los brazos de otra madre era recibida felizmente en el Cielo. Debota de la Virgen de Guadalupe, como buena madre de nuestras almas, María la estaba esperando, sonriente y con los brazos abiertos, al cruzar el umbral de la eternidad. Esa fue la primera de las veces que recientamente fui testigo.

La segunda no dejó de ser curiosa. Caminando para salir de terapia intensiva de un hospital después de atender varios enfermos, me percaté que una cama más estaba ocupada. Tengo poca vergüenza, y ningún problema en decir lo que pienso, así que me acerqué y pregunté al que imaginé ser el esposo de la señora si deseaba que le ofreciera los sacramentos. Él me dijo que sí, y ella, abriendo los ojos en ese instante y levantando la mirada, me hizo un ademán con la cabeza en señal que deseaba mi presencia.

Mientras le administraba los sacramentos, vi lo que no me percaté al entrar. Una imagen grande de la Virgen María de Lourdes se situaba sobre la cabecera de la cama. Presidiendo aquel lugar de dolor y de esperanza, entendí por qué se me ocurrió detenerme, justo, cuando pasaba por delante de la celda. Una Madre como María no permitiría que su hija, la mejor esposa que Dios pudo regalar a su marido y la mejor mamá que podían haber pretendido sus hijos, con un marido empapado en lágrimas, partiera de este mundo sin recibir los bendición de Dios por medio de un sacerdote.

Otra vez igual, en los brazos de una Madre partía de este mundo para ser recibida en los brazos de esa misma Madre, pero esta vez en el Cielo.

Pueden diseñar todos los ingenios electrónicos que quieran, los sistemas de comunicación de vanguardia más sofisticados o todos los aparatos que resuelvan todas las necesidades que nosotros mismos nos inventamos y todo los que nos podamos imaginar o no, pero la modernidad nunca podrá lograr sustituir algo que para los humanos es esencial, los brazos de una madre.

Categorías:Varios
  1. paty vargas
    abril 6, 2011 a las 12:02 am

    Gracias padre es la tercera vez que lo leo y siempre le saco una riqueza nueva. Dios lo bendiga

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