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El testamento de Carlos Abascal

Por Luz del Carmen Abascal Olascoaga, Coordinadora de la Escuela de Comunicación. 2 de diciembre, 2010.

Publicado originalmente en Yo influyo, en el siguiente link: http://www.yoinfluyo.com/index.php?option=com_content&view=article&id=28182:el-testamento-de-carlos-abascal&catid=18:Principal&Itemid=164  

Sentado en la cama de un hospital, con el pulmón perforado y lleno de líquido que le impedía respirar con facilidad, se negaba a aceptar un doctorado Honoris Causa por el que cualquier otro hubiera pagado gustoso. Él se sentía muy poca cosa; creía que se trataba de una de esas tentaciones de soberbia a las que tantas veces se enfrentó en su vida y sobre las que, con mucho esfuerzo, siempre salió victorioso. Y si tanto se había esforzado en su vida por ser humilde, no sería ahora, a un paso de su muerte, cuando claudicara.

Muchas horas y reflexiones nos tomó a su familia, en particular a su esposa, mi madre, convencerlo de que aceptar tal distinción no sería un signo de soberbia, sino, al contrario, el último acto de humildad y, quizá también, su última oportunidad para servir a México –a quien tanto amó–, particularmente a los jóvenes, mediante un diálogo fecundo.

Lo recuerdo muy enfermo, pálido, cansino, con la piel muy semejante al pergamino, una sombra de lo que fue… Cinco drenajes conectados a su cuerpo para eliminar los fluidos que se iban acumulando en órganos vitales como consecuencia de su enfermedad, dolores inimaginables, los nervios a flor de piel –tanto, que el más leve roce le causaba agudísima pena–, débil ya hasta para hablar, dictándome su testamento.

Ese testamento del que hablo sería el resumen de su vida, de su pensamiento y de su convicción. Finalmente había aceptado recibir el doctorado Honoris Causa de la Universidad Anáhuac del Sur, pero lo recibiría no como un honor, sino como un compromiso. Era su deber dejar un mensaje que sirviera a los jóvenes de inspiración para construir el México que él siempre soñó y por el que se dejó la vida, literalmente.

“Me interesan especialmente los jóvenes (…)”, afirmaba al inicio de su discurso, y más adelante: “Afirmo hoy más que nunca que la vida pública requiere de mujeres y hombres de vigoroso carácter moral, con una sólida formación espiritual, y con un compromiso indeclinable de ser cristianos de tiempo completo al servicio de la Nación”.

Fue quizá su proximidad a la muerte y su inmenso dolor el que, en lugar de nublarle el entendimiento, le dio perspectiva para hilvanar ese testamento, aunque no le fue sencillo, ciertamente. Me dictaba, y luego me pedía reestructurar, cambiar, borrar, añadir… De tanto en tanto me pedía que le leyera lo que llevábamos y, aunque cansado, se estaba largas horas trabajando en su discurso porque sabía que no le quedaba mucho tiempo.

Avanzaron los días y con ellos su enfermedad. Cada vez más grave, cada minuto más débil, parecía imposible que asistiera a su investidura como doctor Honoris Causa… La solución era que alguien leyera su discurso en representación suya, pero él, acostumbrado a servir hasta el final, a dar lo mejor aunque eso le costara su propia salud, insistía en que quería ser él quien diera el mensaje.

“Bien vale la pena gastar nuestra vida al límite al servicio de Jesucristo”, y eso quería hacer.

Así, un par de días antes, tratamos de grabarlo en video para que, si no podía ir personalmente al evento, al menos su mensaje fuera dirigido de viva voz a los asistentes. Imposible que hablara por más de seis minutos seguidos… Tos, falta de aire, malestar casi al punto del desmayo… Una y otra vez lo intentó, todas con el mismo resultado: no podía terminar su discurso…

Y en esas condiciones llegó el 26 de noviembre de 2008. Antes de salir de casa, mi madre todavía hizo un último esfuerzo procurando que mi padre se quedara tranquilo en casa, mas él dulce, pero firmemente, se negó. Ya había llegado hasta ahí, seguiría hasta el final, aun a costa de su salud, porque, afirmaba, “hay un valor superior”: esos jóvenes, esa gente que estaría presente, eran el valor superior. Para ellos significaría mucho que él estuviera presente, en su silla de ruedas, con todo y tanque de oxígeno… Atenderlos era prioridad… servirlos con sus palabras y con su presencia era prioridad.

“Para que el servicio a los demás sea eficaz, las personas han de prepararse toda su vida para ejercitar, sea cual sea su profesión, un liderazgo integral (…), creando un ambiente de pleno respeto a los derechos humanos (incluido el de la libertad religiosa)”.

Ese día lo vimos revivir. Lo suyo era el servicio, y sirviendo se sentía vivo y se sabía dando frutos… Congruente como era, y amante de su México, no podía permitir que una enfermedad le apartara del servicio y del diálogo…

“Algunas personas piensan que obtener éxito material y vivir congruentemente la fe es imposible, esta es una premisa falsa de la cual hay muchos ejemplos”, afirmaba Carlos Abascal, y digo yo: él es un buen ejemplo de su propia afirmación.

“Como creyentes tenemos obligaciones, como ciudadanos también. Tenemos que honrar ambas o no honraremos ni unas ni otras”.

Cuarenta y cinco minutos estuvo hablando, cuando dos días antes no podía ni con seis minutos; no sólo, sino que además improvisó. Revivió, sí, pero desgastó en esos momentos la poca vida que le quedaba aún, y la desgastó por amor.

“Lo que da sentido a la vida es precisamente el amor, la capacidad de entregarse para buscar, para propiciar el bien de todas y todos”.

A dos años de la muerte de Carlos María Abascal Carranza, no está de más recordar algunos mensajes clave, que no sólo son valiosos, sino que conforman su testamento, su herencia, su legado y su esencia… Que nos permiten conocerlo como un hombre congruente, dialogante, con una vocación de servicio irrenunciable, y con un amor a México palpable.

¿Qué vas a hacer con esta herencia que nos dejó Abascal? Al final, como afirmaba él mismo, “todos somos responsables del destino de nuestra patria”. Comprometámonos en su servicio 

Muchas horas y reflexiones nos tomó a su familia, en particular a su esposa, mi madre, convencerlo de que aceptar tal distinción no sería un signo de soberbia, sino, al contrario, el último acto de humildad y, quizá también, su última oportunidad para servir a México –a quien tanto amó–, particularmente a los jóvenes, mediante un diálogo fecundo.

Lo recuerdo muy enfermo, pálido, cansino, con la piel muy semejante al pergamino, una sombra de lo que fue… Cinco drenajes conectados a su cuerpo para eliminar los fluidos que se iban acumulando en órganos vitales como consecuencia de su enfermedad, dolores inimaginables, los nervios a flor de piel –tanto, que el más leve roce le causaba agudísima pena–, débil ya hasta para hablar, dictándome su testamento.

Ese testamento del que hablo sería el resumen de su vida, de su pensamiento y de su convicción. Finalmente había aceptado recibir el doctorado Honoris Causa de la Universidad Anáhuac del Sur, pero lo recibiría no como un honor, sino como un compromiso. Era su deber dejar un mensaje que sirviera a los jóvenes de inspiración para construir el México que él siempre soñó y por el que se dejó la vida, literalmente.

“Me interesan especialmente los jóvenes (…)”, afirmaba al inicio de su discurso, y más adelante: “Afirmo hoy más que nunca que la vida pública requiere de mujeres y hombres de vigoroso carácter moral, con una sólida formación espiritual, y con un compromiso indeclinable de ser cristianos de tiempo completo al servicio de la Nación”.

Fue quizá su proximidad a la muerte y su inmenso dolor el que, en lugar de nublarle el entendimiento, le dio perspectiva para hilvanar ese testamento, aunque no le fue sencillo, ciertamente. Me dictaba, y luego me pedía reestructurar, cambiar, borrar, añadir… De tanto en tanto me pedía que le leyera lo que llevábamos y, aunque cansado, se estaba largas horas trabajando en su discurso porque sabía que no le quedaba mucho tiempo.

Avanzaron los días y con ellos su enfermedad. Cada vez más grave, cada minuto más débil, parecía imposible que asistiera a su investidura como doctor Honoris Causa… La solución era que alguien leyera su discurso en representación suya, pero él, acostumbrado a servir hasta el final, a dar lo mejor aunque eso le costara su propia salud, insistía en que quería ser él quien diera el mensaje.

“Bien vale la pena gastar nuestra vida al límite al servicio de Jesucristo”, y eso quería hacer.

Así, un par de días antes, tratamos de grabarlo en video para que, si no podía ir personalmente al evento, al menos su mensaje fuera dirigido de viva voz a los asistentes. Imposible que hablara por más de seis minutos seguidos… Tos, falta de aire, malestar casi al punto del desmayo… Una y otra vez lo intentó, todas con el mismo resultado: no podía terminar su discurso…

Y en esas condiciones llegó el 26 de noviembre de 2008. Antes de salir de casa, mi madre todavía hizo un último esfuerzo procurando que mi padre se quedara tranquilo en casa, mas él dulce, pero firmemente, se negó. Ya había llegado hasta ahí, seguiría hasta el final, aun a costa de su salud, porque, afirmaba, “hay un valor superior”: esos jóvenes, esa gente que estaría presente, eran el valor superior. Para ellos significaría mucho que él estuviera presente, en su silla de ruedas, con todo y tanque de oxígeno… Atenderlos era prioridad… servirlos con sus palabras y con su presencia era prioridad.

“Para que el servicio a los demás sea eficaz, las personas han de prepararse toda su vida para ejercitar, sea cual sea su profesión, un liderazgo integral (…), creando un ambiente de pleno respeto a los derechos humanos (incluido el de la libertad religiosa)”.

Ese día lo vimos revivir. Lo suyo era el servicio, y sirviendo se sentía vivo y se sabía dando frutos… Congruente como era, y amante de su México, no podía permitir que una enfermedad le apartara del servicio y del diálogo…

“Algunas personas piensan que obtener éxito material y vivir congruentemente la fe es imposible, esta es una premisa falsa de la cual hay muchos ejemplos”, afirmaba Carlos Abascal, y digo yo: él es un buen ejemplo de su propia afirmación.

“Como creyentes tenemos obligaciones, como ciudadanos también. Tenemos que honrar ambas o no honraremos ni unas ni otras”.

Cuarenta y cinco minutos estuvo hablando, cuando dos días antes no podía ni con seis minutos; no sólo, sino que además improvisó. Revivió, sí, pero desgastó en esos momentos la poca vida que le quedaba aún, y la desgastó por amor.

“Lo que da sentido a la vida es precisamente el amor, la capacidad de entregarse para buscar, para propiciar el bien de todas y todos”.

A dos años de la muerte de Carlos María Abascal Carranza, no está de más recordar algunos mensajes clave, que no sólo son valiosos, sino que conforman su testamento, su herencia, su legado y su esencia… Que nos permiten conocerlo como un hombre congruente, dialogante, con una vocación de servicio irrenunciable, y con un amor a México palpable.

¿Qué vas a hacer con esta herencia que nos dejó Abascal? Al final, como afirmaba él mismo, “todos somos responsables del destino de nuestra patria”. Comprometámonos en su servicio.

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