Inicio > Varios > Elije

Elije

Por P. Jaime Bordons L.C., Vicerrector de Formación Integral

Hace unos días vino a mi pensamiento y a mi corazón, algo que no recordaba. A eso de los quince años, cuando no sé si era neoanarquista, postcomunista, liberal, un poco de todo o un poco de nada, en las clases de moral del colegio, un buen día apareció el profesor con la pretensión de explicarnos los mandamientos de la ley de Dios.

No acostumbraba a prestar atención, pero aquel día fue una excepción. De repente se me ocurrió la genial idea de escuchar un rato lo que decía. La palabra “mandamientos” me parecía una imposición, pero decidí escuchar cómo defendía la necesidad de cumplirlos.

Sobre los diez mandamientos, nos enseñaba el profesor, se dividen en dos partes: los que atañen a nuestra relación con Dios y los que refieren a nuestra convivencia con el prójimo. Me pareció lógica la división, pero no dejaba de preguntarme: “¿por qué necesitamos que haya “mandamientos” de la ley de Dios?” Me decían que por medio de ellos, sabíamos lo que Dios quería de nosotros.

De por sí ya los conocía desde la primera comunión, pero la verdad es que no pensaba ni mucho ni poco si los cumplía o no. Simplemente los olvidaba, mientras mi vida se desarrollaba entre otros intereses.

Nos dijo que cumplir los mandamientos era un bien para la sociedad y para nosotros. Que nuestra inteligencia, en ocasiones guiada por el egoísmo, no siempre logra identificar por sí misma cuál es la verdad objetiva y que nuestra voluntad, debilitada por los propios gustos, no siempre busca al bien objetivo; así Dios que es bueno, nos señalaba con los mandamientos cuál es el horizonte de la verdad que debemos seguir y el bien que es preciso querer. La explicación me parecía lógica, pero me faltaba la respuesta a una pregunta: “¿se puede vivir cumpliendo los mandamientos?”

Se me ocurrió entonces pensar en dos mundos, uno en el que sí se cumpliera los mandamientos y otro en el que, intencionadamente, no. Se trataría de elegir entre uno u otro. A priori me parecía que la elección giraba entorno a la disputa entre “libertad” vesus “imposición”

Por cierto, prefería empezar la aventura repasando los que implican al prójimo; los que hacen referencia a Dios, me parecía más difícil de vivir, por eso los dejé de lado.

Empecé por imaginar un mundo donde se viviera en contra de esos mandamientos, así, un mundo donde no se respetara a los padres sino que se les pudiera despreciar, donde no hubiera dificultad alguna para eliminar la vida de quien no agrada el trato, tomar para uno los bienes que pertenecen a otro sin riesgo de ir a la cárcel, mentir con tranquilidad de conciencia para beneficio propio sin hacer referencia a ninguna verdad, usar las personas para mi bienestar o capricho sin importar su dignidad o sus sentimientos, lograr aquello que otros tenían sin importar los medios para conseguirlo.

Yo mismo me asusté al pensar en un mundo en el que todos viviéramos así, me parecía vivir en una jungla de asfalto en la que nos deborábamos sin escrúpulo alguno. Pensé, “no quiero un mundo así”

En realidad lo decía porque no me gustaría que si iba a formar una familia como a los quince años yo así lo esperaba, viviera en un mundo donde mis hijos me odiaran, mi esposa me abandonara, pudieran asesinarme impunemente, otro me quitara lo que es legitimamente mío para hacerlo suyo por la fuerza, me mintieran para hacerme tropezar en la vida, dispusieran de mi dignidad a su antojo o hubiera quien tramara no se qué cosas para lograr lo que yo tenía, sintiéndome amenazado permanentemente.

Se me ocurrió pensar en aquel momento cómo estaba viviendo yo, ¿me parecía a un ciudadano perteneciente al mundo sin mandamientos?

Mi respuesta fue escalofriante. Yo había dicho a mi madre que la odiaba, tomado cosas que no eran mías, asesinado moralmente a otros aniquilando su buena fama con mis palabras envenenadas, mentido para evitarme problemas, envidiado a otros por lo que tenían, buscado granjearme el favor de personas para que me beneficiaran sin pensar si salían perjudicadas. Yo pensaba que era bueno, pero la respuesta a mi pregunta no lo demostraba.

Preocupado por ello, pensé rápidamente en un mundo donde se vivieran los mandamientos. Donde donde los hijos agradecieran a sus padres el esfuerzo y fatiga de cada día por darles lo mejor, en el que el bien de la persona fuera la norma de la propia conducta y por ello se respetara siempre el derecho a la propiedad ajena, se hablara bien de todos y se reconociera la vida de cada uno como un don a promover y nunca a eliminar, donde la envidia diera paso a las felicitaciones sinceras por el éxito que el otro había logrado, donde nos importaran los sentimientos de los demás, un mundo donde la verdad lucía en todo su esplendor y la mentira no existía. Ese mundo me encantó e imaginarlo me devolvió la tranquilidad.

Sólo había un problema, si yo no era así, ¿quién podía ayudarme a cambiar?

Recordé entonces los primeros tres mandamientos que había dejado de lado al inicio. No tuve más remedio que reconocerme débil y buscar en lo alto la ayuda que no encontraba en la tierra si pretendía pertenecer al mundo donde se vivía los mandamientos.

Entonces entendí que Dios tenía que existir, puesto que por mis propias fuerzas no lograría nunca ser ciudadano de aquel mundo tan hermoso. Si sólo Dios podía rescatarme de mi egoísmo, entonces era justo que lo amara sobre todo, tenía que dejar de jugar con Él acordándome de su nombre sólo cuando quería me concediera alguno de mis caprichos o me sacara de un problema, merecía un lugar preferencial en mi corazón y que me encotrara con Él en la Celebración Eucarística de cada domingo.

Entendí que Dios es más actual que nunca y sus mandamientos son una luz que alumbra el camino de nuestra vida, no para someternos con unas normas, sino para enseñarnos a contruir un mundo más feliz. Meses después de esa clase, una noche de año nuvo, encontré a Dios.

San Agustín enseñaba en su gran obra, la Ciudad de Dios, lo siguiente:

“Dos amores fundaron, pues, dos ciudades, a saber: el amor propio hasta el desprecio de Dios, la terrena, y el amor de Dios hasta el desprecio de sí propio, la celestial”.

Cada uno tiene que elegir a cuál de los dos mundos quiere pertenecer.

Muchas gracias.

Categorías:Varios
  1. Aún no hay comentarios.
  1. No trackbacks yet.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: