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Fácil

Por P. Jaime Bordons Closa, L.C., Vicerrector de Formación Integral

De la palabra “fácil”, se dice en el diccionario, que es algo que se puede hacer sin gran esfuerzo, que puede suceder con mucha probabilidad o bien que es dócil, manejable.

De estas tres definiciones, me quedo con las tres a la vez. Es decir, lo “fácil” debe ser aquello que podemos hacer sin gran esfuerzo, cuyo objetivo se logra con alta probabilidad y que es manejable, es decir, accesible.

Yo creo que por tendencia todos preferimos lo fácil a lo difícil, aunque pueda ser más meritorio lo difícil que lo fácil. Así lo ve el mundo desde un punto de vista de tan humano, pero poco divino.

En ocasiones experimento que a Dios también le gusta lo “fácil”, o mejor, en determinados momentos hace que las cosas nos resulte fáciles. Cuando esto ocurre, habitualmente he descubierto que Él tiene prisa en que suceda algo, lo quiere, y me lo demuestra allanando cada dificultad en el camino. Lo que antes era difícil, se torna fácil.

Es entonces cuando se aplica la definición sintética que les propuse dos párrafos arriba, de las tres que ofrece el diccionario. “Fácil”, les decía, es aquello podemos hacer sin gran esfuerzo, cuyo objetivo se logra con alta probabilidad y que es accesible a nuestras posibilidades.

Traducido al lenguaje de Dios, “fácil”, sería aquello que quiere que suceda a toda costa, que se realizará sin esfuerzo, cuyo objetivo sin duda se alcanzará y que Él se encarga que esté dentro de nuestras posibilidades en ese momento.

Para explicarme mejor, voy a ponerles un ejemplo. Hace pocos meses, tuve una llamada por la noche, a eso de las 21:00. Es conocida mi habilidad para perderme por nuestra querida Ciudad de México, y la persona que se comunicaba conmigo, lo hacía para recordarme que ese mismo día me habían pedido por la mañana que acudiera a visitar a su mamá a un hospital, puesto que al día siguiente tendría una operación delicada. Yo pensé que podría hacerlo con calma al día siguiente.

Sabía de la persona, sabía de cierta necesidad, pero no sabía que fuera tan urgente.

Sin confiar mucho en mis posibilidades salí de la universidad sin saber cómo llegar al hospital público al cual me dirigía. Dos llamadas de teléfono a un alma caritativa fueron suficientes para que con agilidad encontrara el rumbo. Otra alma caritativa que encontré por el camino, ya cerca del lugar, me indicó dónde estaba el hospital con exactitud. Llegando a esas horas de la noche en ocasiones se me olvidan cosas, y en esta ocasión, el despiste fue no tomar algo de dinero para el estacionamiento.

Llegué al hospital, asombrado de haberlo logrado sin dar no sé cuantas vueltas, e ingresé por una puerta que me pareció que no era la del estacionamiento, y así era, se trataba de la entrada y salida del personal de ese centro.

Casi no había luz en ese lugar. Dándome cuenta en ese momento que no tenía dinero, sólo se me ocurrió decir la verdad a quién me permitía el paso: soy sacerdote, vengo para atender una enferma grave que mañana operarán en este hospital y no tengo dinero para estacionar, ¿me permite el paso, por favor?

Al cabo de unos segundos escuché, “pase Padre, no se preocupe, no le cobraré estacionamiento”

Incrédulo, seguí adelante. Dos temores me invadieron de repente, ¿encontraría estacionamiento en una zona para personal del hospital?, ¿dónde estaría la enferma?, no sabía su nombre, ni qué padecía exactamente y ni en qué edificio encontrarla…

Pronto se resolvieron las dudas. Aunque apenas había luz, a los pocos segundos, justo por el mismo carril donde transitaba vi un lugar en que el cabía mi coche; di dos vueltas al recinto del estacionamiento y no había ninguno más, así que regresé y lo estacioné justo en el que encontré a la entrada. Empecé a pensar, “Señor, creo que tú quieres algo…” Terminó el primer temor.

El segundo temor se resolvió de la siguiente manera. Dándome a la tarea de memorizar el lugar donde dejé el coche, por dónde caminar para regresar, estaba todo a oscuras, pero de repente me encontró la hija de la persona a quien buscaba; dije bien, me encontró, no la encontré.

Una vez que la consolé, nos dirigimos al edificio donde su mamá estaba en terapia intensiva, curiosamente, al lado de donde estábamos y cerca de donde estacioné el coche sin saber a dónde dirigirme. Su pesar era que quizá el guardia ya no me permitiera pasar, pero a esas alturas ya estaba convencido que Dios sabía lo que hacía.

Efectivamente, el guardia de turno no presentó el menor reparo a que yo pasara a las 22:00, cuando ya no se permitían las visitas. Es más, incluso amablemente me acompañó otro guardia que también estaba presente.

Cuando accedía a la cama donde me esperaba la mamá enferma, la encontré consciente, pese a lo delicado de su enfermedad, con deseos de recibir los sacramentos. Recientemente había estado inconsciente, pero en esos instantes nadie diría que padecía lo que tenía.

Le administré los sacramentos, pude bromear con ella y me despedí. Su hija se quedó tranquila.

Al salir el guardia de la puerta no me cobró el estacionamiento.

Unos días después me comentaron que aquella alma había entrado en la casa del Padre. Ya gozaba del amor de Dios en plenitud. Pero no se fue sin que aquella noche, antes de la operación, le diera el consuelo de la unción de enfermos, le perdonara sus pecados con la confesión y le impartiera la indulgencia plenaria que remitía toda pena temporal por el pecado.

Dios tenía prisa para que se preparara con un traje de gala para presentarse ante Él. Una gran mamá se lo merecía.

Recapitulando, los hechos, lo sucedido fue lo siguiente: atendí a una persona por la noche cuando ya no se permiten visitas, en un hospital del seguro al cual no sé cómo llegar, sin dinero para estacionar, el recinto casi a oscuras, encontrando el único estacionamiento casi a la entrada, para atender a una señora cuyo nombre desconozco, no sé qué padece exactamente y en una habitación que no sé dónde está, ni en qué edificio se encuentra.

Haberlo logrado, es la mejor definición espiritual de “fácil”. O mejor, Dios tenía tanto interés en que atendiera esa alma que no tuvo más remedio que hacerlo “fácil”, porque el que tenía que llevarlo a cabo era alguien poco hábil como yo. Por eso tenía que ser “fácil”.

Al regresar, recuerdo que en mis labios se dibujaba una sonrisa que tardó un buen rato en borrarse de mi rostro. Me sentía plenamente feliz.

Cuando Dios quiere, lo más inverosímil, resulta “fácil”, aunque se sirva de poco dotados como yo. Pero también es cierto que no faltan ocasiones en que el Señor coloca una cruz en nuestros hombros. Cuando sentimos el peso de la dificultad, hay otra palabra en el vocabulario divino que nos recuerda qué hacer en esos casos; se llama “confianza”.

Sobre ella les hablaré más adelante. Hoy, toca disfrutar la palabra divina, “fácil”.

Categorías:Varios
  1. Daniel
    septiembre 26, 2010 a las 5:49 am

    Un punto de vista muy cierto!

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