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Cuando Dios te mira…

Cuando Dios te mira...

Por: Jessica Velasco, alumna de Psicología. Septiembre, 2010.

La primera ocasión que Henri J. M. Nouwen se encontró con el cuadro El regreso del hijo pródigo comentó: “Vi a un hombre vestido con un enorme manto rojo, tocando tiernamente los hombros de un muchacho desaliñado que estaba arrodillado ante él. No podía apartar la mirada. Me sentía atraído por la intimidad que había entre las dos figuras, el cálido rojo del manto del hombre, el amarillo dorado de la túnica del muchacho y la misteriosa luz que envolvía a ambos. Pero fueron sobre todo las manos, las manos del anciano, la manera como tocaban los hombros del muchacho, lo que me trasladó a un lugar donde nunca había estado antes” [1].
Esto nos indica que hay diversas formas de ver un cuadro. La primera es una visión rápida, ligera; percibe algunos detalles y admira la calidad de la obra. Sin embargo, existe otra forma de observar el lienzo: en la que se mira con detenimiento; se contemplan los detalles; se recuerda la parábola, e incluso, podría decirse, que se hace una oración a partir del cuadro. Esta segunda y esmerada observación es la que va más allá y nos permite penetrar el significado de la pintura.
Esta es la mirada de Nouwen y la del lector que no desea despacharse un libro más, sino, contemplar, tocar, oler, sentir y ser parte de la parábola que un día Jesucristo narró y que más tarde Rembrandt pintaría.
Pero, ¿qué elementos motivaron a Rembrandt para pintar esta obra?, ¿cómo logró expresar el mensaje de la misericordia de manera tan elocuente? Rembrandt diseñó su célebre cuadro al final de su vida. Fue necesario un profundo proceso de conversión y madurez para llegar a conocer lo que era la misericordia.
Rembrandt, no siempre fue el mismo: en su juventud fue un artista orgulloso, sensual y muy consciente de su talento, sin embargo, llegó a ser un esposo y padre comprensivo. Pero, ¿qué le ayudó a cambiar? En Rembrandt, fueron los duros golpes de su vida los que le enseñaron que la realidad va más allá de éxitos, fama, honores y dinero. La vida del pintor fue dura, cruel y triste. En 1635 pierde a su hijo Rumbartus, en 1638 a su primera hija Cornelia, en 1640 fallece su segunda hija Cornelia, en 1642 muere su esposa, Saskia, a quien amó profundamente, y en 1652, fallece un cuarto hijo.
Por eso, podríamos comentar que fue “el pincel del sufrimiento” el que le enseñó a Rembrandt a descubrir otra faceta de la vida y a apreciar su valor transcendente. Al final de su existencia: “empezó a mirar al hombre y a la naturaleza con una mirada más penetrante, sin distraerse con el esplendor de fuera o las exhibiciones teatrales”[2].
Pero, ¿cuál es la idea central de libro? El Regreso del Hijo Pródigo es una auténtica aventura, una búsqueda de un amor incondicional y fiel; donde el autor, Nouwen, nos comparte la experiencia de su peregrinación interior:
“Durante años traté de ver a Dios en la diversidad de experiencias humanas: soledad y amor, pena y alegría, resentimiento y gratitud, guerra y paz. Intenté comprender los altibajos del alma humana, para poder percibir el hambre y la sed que sólo un Dios cuyo nombre es Amor podía satisfacer. Traté de descubrir lo duradero más allá de lo pasajero, lo eterno más allá de lo temporal, el amor perfecto más allá de los miedos que nos paralizan. [3]
En todas las aventuras existen: logros y sorpresas; caídas y tropiezos; pero sobre todo, encuentros inesperados que nos invitan a un horizonte nuevo; donde nuestra vida se ve desde otra perspectiva: “desde la mirada de un padre que nos espera con los brazos abiertos”. No importa si somos como el hijo menor o mayor, no importan los fracasos y caídas. Lo esencial, es la certeza inquebrantable de una Persona que nos ama tal como somos; no como quisiéramos ser, no como nos imaginamos ser, o como ciertos estereotipos marcan. Ya que por encima de algunas ideologías que pululan en el ambiente, hay una Persona que nos estima y quiere tal y como somos. Y esa Persona es Dios Padre.
Te invito a leer este libro: el Regreso del Hijo Pródigo de Henri J. M. Nouwen. No lo leas de “rapidito”, detente, mira, recuerda, imagina las escenas, saborea las páginas, haz las pausas necesarias, dialoga con tu Padre y disfruta de la auténtica paz cuando Él te mire a los ojos y te diga: “Y es que tú vales mucho para mí, eres valioso y yo te amo” [4].
He leído este libro dos veces, y en ocasiones, vuelvo sobre mis páginas favoritas. Repasar ciertos capítulos frente al Sagrario y en diálogo con Dios, me ayudaron de forma extraordinaria, pues comprendí que nadie me quiere como Dios Padre. Sólo Él nos ama desinteresada y gratuitamente, su amor sana cualquier herida y colma el corazón de una certeza que me llena de gozo y paz: “Dios es mi Padre y yo su hija y eso nos basta; soy su pequeña hija que vive con amor y de cara a la eternidad; vivo bajo su mirada, cobijada por su paternal desvelo, Él ve mi esfuerzo de cada día y lo valora… y esta convicción es la fuente inquebrantable de mi alegría. Tengo un Padre que me amó, me ama y me amará por siempre.[5]
Espero que al final puedas comentar junto con Nouwen: “he sido conducido a un lugar más interior, en el que no había estado antes. Es un lugar dentro de mí donde Dios ha elegido hospedarse. Donde me siento a salvo en el abrazo de un Dios todo amor que me llama por mi nombre y me dice: Tú eres mi hijo amado, en quien me complazco. Donde saboreo la alegría y la paz que no existen en este mundo” [6]

[1] El regreso del hijo pródigo.   Henri J. M. Nouwen  Ed. PPC   Colección: Sauce pág. 8
[2] Jakob Rosenberg, Rembrandt: Life and Work, London-New York, Phaidon, 1968 (3), pág. 26
[3] ibíd pág. 21
[4] Isaías 43, 4
[5] Diario personal de Jessica Velasco, mayo del 2010.
[6] El regreso del hijo pródigo.   Henri J. M. Nouwen  Ed. PPC   Colección: Sauce pág. 21
Categorías:Varios
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