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Reflexiones sobre sostenibilidad y espacio público

Por Jorge Vázquez del Mercado, Director de la Escuela de Arquitectura. 9 de Agosto de 2010.

Habiendo iniciado hace un año el Doctorado en Ingeniería Ambiental, y ante un panorama ingente de posibilidades para enfocar la investigación de estudio escribí el artículo “Espacio Público Sostenible, un problema de Identidad”, en el que abordo la problemática de nuestra Ciudad a partir de un análisis que busca encontrar cierta explicación a nuestra realidad, desde una introspección sociológica…porqué somos como somos, o porqué estamos como estamos. La anhelada explicación de los diversos fenómenos urbanos que sufre nuestra Ciudad requerirá siempre de una visión muy extensa, que sobrepasa el ámbito de cualquier disciplina en solitario; sin embargo, el particular momento histórico que hoy vivimos los mexicanos, amerita una reflexión que podría leerse como la segunda parte del citado artículo, y que resulta de la inminente pregunta sobre lo que vendrá después del Bicentenario.

Interesado en el espacio público desde el inicio del Doctorado, decidí enfocar mis esfuerzos al problema del transporte, como generador de gran parte de “nuestros males”: la sobrepoblación vehicular, el tráfico,  la contaminación, etc.

Las (y aquí insisto, ¿porque no nuestras?) autoridades de nuestra (la) Ciudad, han realizado serios esfuerzos implementando soluciones de transporte público como el metro-bus, el tren elevado o el Metro. Sin embargo, una de las obras  emblemáticas del presente gobierno capitalino es la Súper Vía Poniente. Algo así como un mal necesario que ofrece una obra para el automóvil. Con  el argumento de que el sistema vial sur-poniente es una obra que reducirá los tiempos de traslado de los capitalinos, se reconoce que el uso intensivo del automóvil está asociado con la falta de transporte público, y aunque este se ofrece como una dádiva en dicho proyecto, lo cierto es que la obra simplemente mitigará el tráfico en algunas zonas y en cierta medida, beneficiando al medio ambiente también en una medida relativa.

De igual manera, pero con otra visión, el gobierno capitalino ha implementado de manera ostensible medidas que se antojan más apropiadas para la Ciudad en su conjunto, como el metro-bus, la peatonalización del centro histórico o las bicicletas inclusive. Sin embargo, hay un factor que frecuentemente ha diluido la contundencia de estas soluciones y que se localiza en la falta de “identidad”, que a su vez se traduce en una tendencia a coexistir, que no a convivir, con nosotros mismos; de allí viene la impresión de que estamos lejos de encontrar una visión (política) que pueda controlar y regular el crecimiento desordenado de la Ciudad. Las grandes distancias.

Para explicar este fenómeno vale detenerse en el caso de Colombia y particularmente en el de  Bogotá (Medellín o Cartagena), o de algunas otras  ciudades de Latinoamérica que parecen estar venciendo el estigma de la degradación urbana y el subdesarrollo. Pioneros en la práctica de sustraer carriles a sus principales arterias vehiculares – medida tomada por el entonces alcalde y hoy ex candidato presidencial Antanas Mocus-, los bogotanos crearon el sistema de transporte Transmilenio, con una calidad y efectividad notables. El diseño y la planeación de este sistema de transporte han generado una revitalización importante en su ciudad. La estrategia no redujo la sobrepoblación vehicular en el número de autos, sino en la reducción de su uso, esto derivando en un mejoramiento del espacio público. Asimismo, el centro histórico de Bogotá (la Candelaria), lejos de presentar  inseguridad o comercio informal desmedido, alberga lo que seguramente es la clave de su éxito: gran cantidad de escuelas y universidades, es decir, estudiantes, educación. Al estar allí, ya se nota que de alguna manera lograron hacer suya la (su) ciudad.

Si bien se trata de un país con una dura historia reciente, particularmente en su lucha contra el narcotráfico, pareciera que lo que les ha permitido revertir su pasado es la educación, que se traduce a final de cuentas en un mejor espacio público. Una muy afortunada convivencia entre modernidad y tradición, a partir de una arquitectura que goza de magnífico estado de salud –en tabique rojo aparente predominantemente- da por resultado la esperanza de cambiar el destino de nuestra ciudad sin la necesidad de importar modelos que no necesariamente funcionarán para nosotros. En un momento histórico empañado por nuestras propias luchas, no debemos claudicar en la búsqueda de nuestras propias soluciones.

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